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My Ass Boring Life.

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May
16th
Thu
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Indicaciones.

El carro verde desacelera y luego se detiene finalmente cerca de donde estoy parado. El vidrio baja lentamente demostrando así que no lo hace por un mecanismo electrónico sino por gracia del conductor y dentro del vehículo aparece una mujer con labios gruesos pintados de un tono rosado que brilla aún en el día abriéndose para sacar de allí algunas palabras que increíblemente van dirigidas a mí. La mujer que va adentro es joven, con el cabello con tintes dorados y unas gafas que oscurecen un poco su mirada; tiene una blusa de un verde vivo que combina tristemente con el verde pálido del carro, que en otro momento podría reconocer fácilmente y del que la única característica que tengo en cuenta ahora es el color. Me pregunta por indicaciones, cómo hace para llegar desde ese punto en el que estamos hablando a otro que es relativamente cerca. Dejo que llueva un poco más antes de responderle, y lo hago con los ojos cerrados. Imagino un mapa que va desde ese ese lugar hasta el otro y trato de traducirlo en palabras que me pueda entender, se las voy diciendo a riesgo de mojarme más con la lluvia que cae pacientemente. Es importante que mencione la lluvia en este texto, le da un toque especial al momento, algo que está allí afuera mientras escribo pero que pudo ser un elemento determinante en ese encuentro que no cambió la vida de nadie; es algo que simplemente no pudimos notar pero en el que hago énfasis, porque de alguna manera lo encuentro relevante. Al darle las indicaciones me mira con una cara de frustración, sabiéndose más perdida ahora que antes de detenerse. De un tiempo para acá en mi cabeza tengo las cosas claras pero soy incapaz de comunicarlas, siento un filtro que existe entre el mundo y yo mismo, algo que rompe y nos deja lejos uno del otro. Me calmo y le explico nuevamente, le enumero las veces a la derecha o a la izquierda que debe voltear, los letreros que debe mirar en el trayecto y las cosas que va a encontrar y que le dirán que va por buen camino. Trata de sonreírme y yo le repito por última vez la importancia de unos reductores de velocidad amarillos que verá en tres cuadras, exactamente. Sube el vidrio y arranca, y me echo a andar pensando en las instrucciones que acabo de decir. A lo mejor ya llegó con la ayuda que le brindé, a lo mejor volvió a preguntarle a alguien más para no correr el riesgo de perderse. Ya estoy donde necesitaba llegar, caminando por los mismos lugares de siempre con la certeza de que no necesito ayuda de nadie, pero extrañando un poco la sorpresa de conocer lugares nuevos y la incertidumbre de confiar en algún extraño ante la impotencia de saberse perdido. Prendo el computador, escribo esto, y sigue lloviendo.

May
7th
Tue
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Oficinistas.

La novia del novio.

Julieta anda aburrida siempre, o eso parece. A veces, cuando Alejandra la visita en su puesto, se ríe un poco con la excitación esa de las noticias que ella trae, todas de los demás. Esa amistad se ha ido deteriorando desde que a Julieta le hacen cada vez más reclamos por hacer otra cosa que trabajar, más cuando hace esa otra cosa con Alejandra. Desde entonces está más aburrida. Julieta usa mucho maquillaje. Cuando no lo aplica en exceso se alcanzan a notar ciertas abolladuras en su piel, algunas líneas de expresión y uno que otro detalle que siempre se ha empeñado en esconder. Desde hace unos días su cabello tiene tintes verdes y blancos, aparte de los rayos amarillos que siempre lo han caracterizado. En los pasillos se le ve pensativa, caminando despacio, o estática, huyendo de algo. Tiene el blanco de los ojos muy blanco. Usa labial rojo muy fuerte. De espaldas se le ven siempre las tiras del sostén que se cruzan con los del top que usa, marcando unas equis que sobresalen siempre, lo que evidencia el esfuerzo de lo que hacen todas esas prendas para que sus senos se mantengan en un sólo lugar. A Julieta la miran más por delante que por detrás, equis o no, por su boca, su pecho, y la manera en que camina. Cuando lo hace se siente observada, así que trata de esquivar todas las miradas sin lograrlo hasta que vuelve a su cubículo, donde se esconde entre hojas de excel, sus gafas, y un montón de cosas que Alejandra no la deja revisar bien.

El novio de la novia.

A Camilo nunca le da frío. Anda con su camiseta solitaria y una chaqueta que repite dos veces a la semana. A veces, cuando tiene gripa, usa bufanda. A Camilo los otros Camilos lo molestan mucho porque tiene en el respaldo de la silla un letrero que dice “Kamilo”. Piensan que no sabe escribir, o rebajan por ese detalle su capacidad intelectual. Mónica, que se hace a su lado, ríe mucho cuando habla con Camilo. Tiene las cejas pobladas y parece que se las peinara hacia arriba, casi como si su propio cabello las atrajera. No es particularmente atractivo, más allá de su delgadez, y es callado. No sabe llamar la atención y muchas veces le molesta que le reclamen por la ka del nombre en su silla. “Está bien en la cédula” dice y luego no habla con nadie, hasta que pasan algunas horas. Alejandra lo busca cada tanto para llevarle recados, o contarle cosas. Alejandra no puede vivir sin interactuar con nadie y Camilo tiene la paciencia suficiente para estar allí sin que se le acumule el cansancio durante el día. Mónica se ríe nuevamente, y Camilo vuelve a la pantalla del computador.

Los novios.

Camilo va a la cafetería y prepara dos tes. Uno con algo de azúcar y el otro sin nada. De vez en cuando para en el baño para orinar, dejando los pocillos en el lavamanos, y se arregla el pelo con las manos húmedas. Luego sale al puesto de Julieta y se sienta con ella a tomar la bebida antes de que pierda uno o dos grados en el invierno de la mañana. Julieta sonríe, siempre, ante el rito ya iniciado hace meses y le habla de mil cosas mientras él asiente y le mira las manos sabiendo que no puede tomarlas, que no debe hacerlo. Julieta lo mira irse cuando ya tiene el pocillo vacío y lo sigue con los ojos hasta que se sienta, extrañándolo un poco con cada paso que da. La mitad de los recorridos que hace Julieta son para el puesto de Camilo, y la gran mayoría de los recorridos que hace Camilo son con Julieta a su lado. Cuando van a almorzar apartan una mesa para ellos solos y Julieta le cuenta cosas que él escucha con atención. A veces Julieta calla porque Alejandra habla; otras veces Julieta duerme en el hombro de Camilo, allí sentados, mientras Camilo duerme cuidando a Julieta.

Cuando el reloj marca las cinco de la tarde Camilo va por Julieta, la espera para poder llevar su bolso y a la salida de la oficina se toman de la mano en un gesto que ha demorado todo el día, lo que lo convierte en una especie de alegría que nadie puede entender. Al otro día Camilo y Julieta llegarán juntos sin tocarse y la tristeza de ella desaparecerá con el cuidado de él.

Apr
21st
Sun
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Domingo.

Julián se murió en los brazos de la mamá. Ella sufrió el desespero y la impotencia de tenerlo allí en los últimos momentos de su vida. Julián se tomó no sé cuántas pastillas de su abuela, con la que había peleado, la que le había dicho que era apenas un pobre marica, porque no lo respetaba por su orientación sexual. Julián se desesperó y se sintió solo al saber que la persona que más quería lo había tratado de esa manera.

Supongo que eso desencadenó muchas cosas. Nunca es una palabra, o un comportamiento de alguien. Uno lleva un contenedor que se va llenando, que aguanta hasta que colapsa.

Julián luego no encontró consuelo en nadie más. En el programa de mensajería instantánea los que creía que eran sus amigos simplemente se tomaban a la ligera lo que sentía. Una de sus amigas lo dejó sin decirle nada para ir a chuparle la verga a su profesor de teatro, luego acostarse con un tipo que le gustaba, y al final del día con su novio.

Julián llamó a su madre luego de tomarse cuantas pastillas encontró. Y tuvo suerte, porque sirvieron para su cometido. Yo nunca he tenido ese tipo de suerte. Ella tardó dos horas en llegar, para verlo morir. Estaba pálido, con algunas venas en su frente bien marcadas.

Los amigos de Julián, y su familia, lamentaron siempre lo ocurrido. Era joven, inteligente, buen mozo, y todas esas cosas que se piensan le pueden valer a alguien un buen futuro. Pero se rindió. En un momento acabó con todo. Nadie garantiza que, de continuar con su vida, hubiera logrado algún tipo de paz para si mismo. Pero todos lo piensan.

Muchas veces, ante esos comportamientos autodestructivos, los terceros recuerdan siempre el por qué no ceder a esos impulsos. Invocan a la familia, a los conocidos, a la gente que siente por esa persona un cariño inmenso. Que acabar con la propia vida es hacerles daño. No sé si es por estar en el lugar que estoy, pero eso suena a mierda. La responsabilidad de pensar por el bienestar de los demás no debería ser de quien está dañado únicamente; que es triste saber que solamente una persona, en su fragilidad, tenga que pensar en el dolor que le hace a otras personas, pero nunca al contrario.

Es domingo. Acabo de despertar. Pienso estas cosas, porque me dan vueltas en la cabeza. Me hace falta Francisca, aunque es mejor que me mantenga alejado. Recuerdo cuando me decía que iba a salir de esto, y  cuando me pedía que pensara bonito. Era una linda intención, pero es imposible. Es casi como tratar de correr cuando uno está en muletas. Al final de cuentas sí tenían razón cuando me dijeron que yo era un lisiado mental.

Apr
9th
Tue
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Mad Men.

En el estreno de la temporada Don Draper no habla hasta pasados los ocho minutos desde que comienza el episodio. Salvo un breve recuento de lo que ha sucedido en el pasado, y en el que suelta un “It’s what happens when you help someone… they succeed and move on.” hasta lo que lee mentalmente en La Divina Comedia (“Midway in our life’s journey, I went astray, from the straight road and awoke to find myself alone in a dark wood.”) no se le vuelve a escuchar sino cuando deja de pensar y vivir y ser el representante de una vida que tiene todo para ser perfecta pero que no puede llenarlo. La esposa infinitamente menor, el lugar perfecto para unas vacaciones, el sexo mejorado con marihuana y la comida con diversión y música; las sonrisas que muestra ante todo el mundo se desbaratan cuando un desconocido en un bar encuentra un punto común para crear una conversación con él, un momento en que deja de huir de todo lo que está viviendo para ser tal vez sincero con cualquier persona que merezca confianza al estar del otro lado de todo plano imaginable. El alcohol como pretexto no para encontrar una nueva amante sino para tranzar palabras que lo hagan volver a un punto incómodo de donde nunca se ha alejado y que prefiere a todo lo que lo rodea; la voz del hombre que socorre su vida ante lo que está viviendo, la extraña sensación de felicidad que lo ahuyenta, a la que le tiene miedo.


*

Eduardo tiene cincuenta y seis años, tres nietos, varios hijos. Tiene la vida en pedazos mientras persigue a su novia, de escasos veintidós, en la universidad, el trabajo, las reuniones con compañeros y demás realidades donde él no exista en tiempo presente y no se encuentre cerca. Hace dos semanas me topé con él a la entrada del trabajo y lo empujé porque no me dejaba pasar porque estaba ocupado insultando a su novia frente a los transeúntes, celadores, trabajadores y demás que adornaban la mañana del día del hombre. Un par de horas después ante su pregunta de por qué había violencia en mis movimientos para pasar por un lugar cuya única entrada había sido obstruída por él respondí que lo hice porque soy gordo y no quepo en cualquier lugar. Jimena, su novia, renunció ante la monumental vergüenza que sintió ese día y aseguró haber terminado esa relación dañina y malsana al despedirse de sus amigos laborales para después demostrar que, sin embargo, sigue viviendo con él y le perdonó esa y demás afrentas que vinieron en los días posteriores alegando algo parecido al amor o la dependencia que los une o que no es capaz de separarlos.

*

Es la primera vez que salgo de la casa en una semana, pero más que eso es la primera vez que mis vecinos me ven luego de lo que sucedió el lunes anterior. En la tienda la mona ya no busca sonreír cordialmente al saber que no voy a buscar un comentario o hacer un gesto cómico ya no tanto por la atención que presta su esposo al cuidarla sino que mira curiosa esperando mi reacción. A los de la tienda de la mona los han robado varias veces, y el ojo vigilante del marido, un tipo con canas y de un humor terrible, solo sirve para proteger a su mujer no de la inseguridad sino del coqueteo cotidiano y aburrido de cualquier hombre que sea capaz de perderse en los ojos verdes de su esposa. La mona me despacha con un tierno y sentido “que descanses” mientras busca en mi rostro alguna huella de la muestra de cólera inusitada que no dejó dormir al barrio en la media noche de hace ocho días, y que sigue siendo el tema de conversación en las tardes nada agitadas de quienes atienden negocios alrededor de mi casa. Puntualmente le preguntan a mi madre si esa noche va a ser una noche larga o difícil como aquella, o que si finalmente ya no van a ser los perros de la esquina los que interrumpan el sueño y la paz ajena sino los gritos y la demencia a la que puedo llegar en un par de minutos demostrando así que solamente soy otra especie de animal. Mientras paso la calle con la mirada por el piso y abro la puerta siento el silencio de quienes juzgan para alimentar con chismes el día que vendrá y en el que harán más comentarios respecto de lo que dije y pudo escuchar todo el mundo esa vez, algo no tan lejano a lo que usted ha podido leer acá. Todavía me siento miserable y no es una sensación que creo que se pueda ir muy pronto. Todavía me duele la mano y la nariz, aunque ya no tengo el ojo morado.

Mar
27th
Wed
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Re:

En estos días me he despertado tratando de pensar, de recordar, de retener alguna imagen del sueño que acabo de tener. Creo, me parece, que sueño mucho ahora, más que nada porque duermo, pero por la mañana se me olvidan las cosas. el último sueño que tuve presente fue de los días estos en que le escribí a usted: seguía a May en la cancha de fútbol que queda cerca de su casa, era de noche y la luna alumbraba bonito todo, como alguna vez ya escribí, y mientras yo caminaba me iba llenando de barro; ella iba adelante y se reía. Pienso que más que la vida (porque yo me estoy hundiendo mientras ella sigue adelante) es una mezcla de palabras que han salido de mí, el resultado de hablar de barro, de lunas, de noches cercanas a su casa; algo dentro de mí que busca salir de alguna manera y que no encuentra cómo. Quién sabe qué tantos mensajes cifrados me ha dado el subconsciente que ahora no puedo recordar. Es muy fea la sensación de haber soñado algo pero no saber qué.

Ayer mi amigo compró el teclado del portátil, y hoy fui hasta su casa por el. La semana pasada él vino a traer la chaqueta que se me quedó hasta la semana pasada en su casa. El sábado me quedé allá jugando fútbol en el play y procuré no llevar chaqueta para no olvidarla de nuevo, pero sí me puse un saco. Creo que se me quedó. Ahoritica mismo no sé dónde está, no había pensado en eso, seguro sí. Trato de pensar en la fortuna de las cosas de uno que pueden estar lejos de su dueño, perderse, tomarse unas vacaciones de la cotidianidad, así sea ese de pasar un rato en la lavadora o encima de la silla que está en mi cuarto. ¿Qué pensarán mis calzones de mí? ¿querrán jubilarse?

La gracia de huir o de esconderse es, más o menos, dejar que el otro se preocupe un poco pero que no tenga que ver lo que uno no quiere, esa vaina que pesa y que incomoda y que es el resultado de uno tratando con uno. Lo que no es fácil.

La otra vez me puse a llorar sin control y Tim se subió a la cama y empezó a llorar porque yo lloraba. Me lamía la cara en su manera torpe y directa de preocuparse por mí. Es raro eso, que un animal tenga tantos atributos dentro de sí, que pueda demostrar no una forma de honestidad sino de compasión por su dueño. Por ahí me quedo con ellos y me acompañan en la cama (anoche fue así) y creo que saben por alguna razón que deben cuidarme, o que los necesito. ¿Hay amor en eso? ¿instinto?

No lo sé.

Ángela me dijo la otra vez que tal vez la clave de todo estaba en la respiración. Cuando siento que pierdo el control de todo intento concentrarme en ello. Cerrar los ojos y medir los movimientos. Cada uno de ellos trae esa contundencia incómoda y manifiesta: uno está vivo. A veces, solamente a veces, el fijarse en una sola cosa calma un poco, pero otras veces solo es una simple pausa entre muchas otras cosas más que siento.

Ya no recuerdo si le conté que estoy en una bodega lejos del mundo pero paradójicamente cerca de mi casa. Salgo a las 5 y camino por ahí en medio del aburrimiento. Vengo a mi casa, o cojo el transmilenio por las américas, lo que es un trayecto largo. La otra vez venía caminando y me acordé de cosas y comencé a aumentar la velocidad y llenarme de un odio irritante y molesto que descargaba en puñetazos a postes o a las barandas de los puentes peatonales. El odio sirve para llegar más rápido a donde vaya, pero no estoy seguro de querer repetirlo. Inicié este párrafo diciéndole que ya no recuerdo si le conté algo pero es que la verdad ya no recuerdo cosas simples y básicas, como que hoy llamé a mi mamá que está en honda y cuando me contestó me quedé callado y reaccioné cuando ella colgó. Le volví a marcar y ella me dijo que qué pasaba, le dije que era el celular que estaba jodiendo.
Pero no. Es mi cabeza.

En el libro ese que acabé de leer el tipo habla bastante del efecto placebo, de que sí, en efecto, los químicos que uno consume sirven para calibrar vainas ahí arriba, pero que la autosugestión también es bastante fuerte. ¿Será que yo no quiero mejorarme? ¿Qué me pasa? Ahora añoro un poco la normalidad de las cosas, twittear y ver vainas para describirlas o anotarlas para siempre en mi agendita roja, que se queden allí sin que vean la luz o algo así, pero no sé, como que no puedo.

Creo que tengo que hacer algo, si no, voy y hago otras cosas.

Hablo con una persona que está diagnosticada también y me dice que lleva en eso de las drogas mucho tiempo y que lo chistoso es que una vez en ellas ya no es que piense tanto en el suicidio sino que hay un impulso malsano que la pueda llevar a eso, y le da mucho miedo. Por lo que ha pasado estos días puede que esté sintiendo lo mismo.

Me quedan poquitas pastillas. Me quedan como unos 20 días de contrato, porque se acaba la liquidación en la que trabajo. Con este estado de ánimo justo las cosas se van agotando convirtiendose en plazos desagradables que me recuerdan mi inestabilidad en muchos aspectos. El 26 de abril tengo la cita en la Clínica de la Paz. Mi mamá me dice que no tome más las drogas. Le respondo que no, que me dan ganas de matarme. Todavía me dan, pero lo hacen soportable. A veces. En el trabajo mi jefe ha dicho varias veces que vayamos a tomar una cerveza, y Liliana, la que quería que matara el perro porque orinó el portátil y le dañó el teclado, le dice que yo no puedo tomar alcohol, entonces sugiere cualquier otra cosa con tal de que los acompañe. Varios preguntan por qué y mi jefe dice que no puedo y punto, zanjando la discusión.

Es como si el esfuerzo no solo fuera mío, sino de todo el mundo.

Mar
20th
Wed
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Cartas.

El día ese que me propuso publicar correos y eso yo estaba pensando en voz alta por acá y por allá con eso del suicidio pero no tanto por  interés propio (que también puede ser) sino por otras cuestiones. Generalmente a uno cuando lo consume así un dolor muy áspero y contundente piensa en salidas y cosas que tienen que ver poco con la solución y más con la evasión, y creo que ese es el caso. Todo suicida tiene sus razones, me imagino, intratables, incurables o también ridículas. Hay unos que se han matado por amor, fíjese, pero no lo han hecho en soledad (ni acompañados en un ritual romántico) sino después de cegar a otra persona: el suicidio para evadir la condena por los actos de uno, la calma luego de una tempestad de la que uno no se quiere hacer responsable, o algo así.

Sobre eso, más que experiencias propias, que las hay (nada menos orgulloso que un suicida fracasado), recuerdo dos cosas sobre eso. Déjeme contárselas: la primera fue leyendo uno de los tantos libros que se escribieron sobre Andrés Caicedo, que no voy a discutir aquí, en donde el tipo hablaba de la pena que le daba con el señor que lo fuera a encontrar muerto en el cuarto que él arrendaba. Es algo chistoso pero no deja de ser dramático. Alguien siente un olor, o tiene que entrar a ese lugar por la razón que usted quiera, no tiene que ser buena, y encuentra a otra persona colgando o tirada en la cama o cuidadosamente puesta sobre un charco de sangre, como si se hubiera puesto allí a propósito y con el cuidado suficiente para no ir a dañar el decorado en el piso. Qué puede hacer el que encuentra eso. A quién notificar. Qué decir, justamente. Quién va a alzar el reguero.

Me acordé de Mad Men, pero no sé si lo ha visto, y si lo ha visto creo que entiende bien el drama de lo que puede suceder, la imagen que ya no es puro cálculo de uno sino la interpretación de los actores en la serie con la muerte de alguien más: el grito, el que se agarra la cabeza como sosteniendo algo insostenible, el que no sabe cómo reaccionar, quebrándose parado, derrumbándose desde los ojos hacía los pies, o el que actúa como si nada, todo un repertorio de reacciones que a la larga no se sabe cuál le va a tocar a uno.

La otra experiencia fue la del hermano de una jefe que tuve hace mucho tiempo, en el primer trabajo serio. El tipo estaba en sus veinte, mediados, era inteligente, con la piel clarita casi transparente y con gafas. Era mucho la imagen de alguien de estrato alto aquí en Bogotá, no sé si en Colombia eso sea igual, pero creo que usted  puede armar el cuadro sin dificultad. Es como si los ricos evitaran cruzarse con otra “clase social” para mantenerse puros, o no tan viciados. Había visto al tipo dos o tres veces en la vida. Era alegre, el tío favorito del hijo de mi jefe (un niño llorón y maleducado, pero todos los hijos de esa gente son así), y al parecer no tenía ningún problema. Un día la secretaria me llamó mientras yo estaba en la calle, era un día entre semana y andaba haciendo fila en el ministerio de Relaciones Exteriores para legalizar unos documentos, y ella me contó que el hermano de la jefe se había matado con unas pepas. Al parecer somníferos, pero nunca supe el cuento bien. Mi reacción fue de asombro pero corrí a buscar El Espacio y otros periódicos para ver si decían algo. En esa época yo no sabía que cubrían las muertes por  su extravagancia, así que no le creí  porque no encontré nada al respecto.

La jefe casi no se recupera. El esposo estuvo ahí acompañando y el hijo jodiendo porque no podía hacer nada más, no sabía hacer nada más. Trabajé allí dos años más luego de ese incidente, y nadie volvió a mencionar al  tipo.  Esa es la herencia, ¿no? El dicho reza que el que se va descansa, y viendo más o menos lo que tienen que pasar los allegados hay algo de razón. Un suicidio en la familia, en un círculo cercano, es algo que deja una cicatriz imborrable. Póngale este man Caicedo, que se hizo famoso, o lo hicieron, más que nada por su muerte, que vivo era conocido pero luego fue santificado.

¿Será que mucha gente ha desistido de quitarse la vida por no sobrecargar a los que se quedan?

¿A usted alguna vez lo ha detenido eso?

Cuando sé de un caso me pongo a pensar en la desazón que debe sentir el que no pudo encontrar otra salida. El que, rindiéndose, deja un recuerdo imborrable en los seres queridos. Algunas veces la tragedia no supera lo que pasó antes y se recuerda a esa gente por lo que hizo, por su carácter y su personalidad, cuando más que estar vivo aparentaba estar sano. Parece ser que en el suicida nada habla de esa condición de desapego de la vida misma. Uno sabe que se va a morir el que se está muriendo, pero no se imagina, o no puede imaginar, que una persona cualquiera de buenas a primeras lo vaya a intentar. Al que se mata, cuando ya no está, le aparecen todos los síntomas de su condición, antes no.

Uno a veces, deprimido, hasta puede considerar esa opción sin pensar en cosas verdaderamente importantes que lo detengan. El dolor tiene su propio encanto y por lo general pudiendo uno superarlo lo que hace es volar en círculos cayendo pero no del todo, sino admirando el paisaje. En un remolino denso y dulce, como de arequipe. Como si uno fuera un adicto a eso.

El otro día iba ahí caminando, deprimido, pensando en una idea para un cuento, o algo así. Seguro la vi en algún lado, un libro, una película. La cosa es que un tipo va a comprar una soga para ahorcarse, ultimando los detalles para despedirse de este mundo, pensando qué decir en su carta de suicida. Va el tipo imaginándose escribiendo la carta, o las cartas, cuando se pasa un semáforo en rojo y lo coge un carro.

Pero de seguro eso ya ha pasado. Dios, como se sabe, es un poquito excéntrico.

Feb
26th
Tue
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Dos veces agua.

Piscis con ascendente a piscis: Persona que se puede involucrar en cualquier cosa, manejable y agobiante como el agua.

VIII

El domingo volví a ver Cast Away. Me desperté, prendí el televisor en ese reflejo, en ese amago de desayuno, y cambié de canal hasta que reconocí en una imagen una isla, de noche, bañada por las olas, y a un tipo tostado por el sol con una barba rojiza hablándole a un balón. En la película el tipo pasa mil quinientos días en una isla desierta hasta que a pesar de su frustración llega la inspiración: en medio del agua que lo rodea, lo separa de todo lo que es conocido para él, se levanta un pedazo de plástico con el viento que llega del oeste.

Me gusta reconocer temas comunes en las cosas que veo, tanto en la calle, como en los libros, la pantalla del computador o el televisor. En esa corta escena que vi, mientras Chuck hacía los preparativos para largarse de la isla o morirse en el intento, pude encontrar cinco: la luna llena con su luz tibia; el océano; la pelota inanimada que juega una parte importante en la conversación de una sola persona; dicha persona perdida del mundo, y el viento que eleva un elemento para ilusionar a alguien.

Es chistoso ver esas señales particulares en el mundo en el momento adecuado e irlas encajando en un rompecabezas particular que no tiene una imagen final sino que se va completando atando cabos. Hoy es 26 de febrero y unos días antes se fue construyendo una imagen que se levantó durante años. El náufrago, su isla, el mar que lo rodea y el viento que puede ser su salvación. Dos personas que usan esos elementos en una parte de su vida para sostener una conversación mediante figuras que trascienden la realidad misma, dotándola de un significado especial donde decir que alguien es dos veces un mismo elemento es hablar de esa persona con todas sus características.

Beber de una persona. Empujar a alguien.

A menudo, en las oficinas, en la calle, en los buses, la gente mira sin pudor alguno el vaticinio de su día en una sección del diario, y se limita a preocuparse o alegrarse dependiendo de las palabras allí escritas. Según eso pueden ir preparando su día. Es probable que más gente sepa qué signo zodiacal puede ser alguien con el rango de días en que cae su cumpleaños, pero no pueda definirlo según los cánones establecidos, o que pueda señalar su elemento, o pensar siquiera en su ascendente. El de ella es agua, el mío era viento.

En ambos casos hay algo especial que hace pensar que dichas cosas pueden reflejarse en quienes somos, o que no correspondan para nada. En algunos casos las definiciones se hacen cortas y el juego de saber cómo le puede ir a alguien conociendo su día de nacimiento es otra mentira bien elaborada para pensar que hay alguien detrás que quiere definirnos o establecer nuestra personalidad. Que ser imaginativo y sensible es algo común a varios signos y, sin embargo, todos creemos que es una propiedad única que refleja quienes somos. Muchas veces en el proceso al que nos llevó la curiosidad todos esos cuentos tan complejos sonaban como mentiras en nuestras cartas astrales, y es tan sorprendente todo lo que se encuentra allí con una hora, un día, un mes y un año, que termina uno sintiendo que le debe a la vida por no ser lo que está escrito en las estrellas, o disponer a medias de las cualidades que nos reconocen a los que nacimos en esas circunstancias.

Otras veces es más sencillo. Otras veces solo tenemos que tomar un elemento y darle vida, apropiarnos de él. Otras veces no hay necesidad de buscar en el cielo un destino escrito para cada día, sino que lo vamos haciendo teniendo en cuenta quienes somos.

A veces solamente necesitamos definirnos el uno al otro.

Dos veces agua.

Dos veces viento.

Feliz cumpleaños.

Feb
25th
Mon
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Colores.

VII

 

A esta hora, según las ventanas, hace frío allí afuera. Las nubes luchan por mantener un color uniforme pero lucen un gris gastado, la mayoría, y otras partes un blanco muy pálido que parece estar huyendo de lo que se aproxima. Un grande nubarrón se alza en el cielo, dice una canción. Por más que se busque no existe, por ahora, el tono azul con el que se pinta generalmente los paisajes, ni los verdes de las montañas.

Es probable que haya llegado tarde. La hora de entrada es a las siete de la mañana, pero se recomienda estar antes por aquello de dar el ejemplo y fortalecer el rol autoritario que debe desempeñar. Van cinco minutos pasados de las siete, es entonces que llega.

El colegio comienza a tomar otro color justo cuando los estudiantes entran a los salones. De arriba llega un halo de luz que no es lo suficientemente fuerte pero que acentúa las edificaciones aledañas haciendo que el aspecto rojizo de los ladrillos hagan pensar que es un buen día, hace que la gente crea que hace un buen clima. La luz llega sin calor, casi vacía, pero no importa. Dentro del salón, de espaldas a la clase, la profesora sonriente anota en el tablero acrílico dos cosas fundamentales que va a enseñar hoy. Se toma su tiempo. Ya ha pensado qué marcador utilizar pero duda justo antes de destaparlo, muestra de su emoción al darse uno de los pocos gustos que va a tener hasta la hora del descanso, quizás hasta la de de salida. Los niños, algunos, perciben la diferencia entre esta y las otras clases que van a tener durante el día. No solamente es el aspecto juvenil y despreocupado de su profesora sino también las herramientas que utiliza. Ojala no se termine la clase, piensa un niño mientras otro consulta en su horario cuándo va a ser la próxima. Este último, en medio de su realismo, es un poco más romántico.

Para cualquier persona una cosa tan elemental como un marcador puede ser de menor importancia, pero cuando el carácter y la pasión por lo que se hace se desbordan, puede notarse por cosas tan pequeñas como esa. La semana anterior la joven que por las mañanas se viste de profesional, no por la pinta o su ropa, sino la seriedad con la que hace sus cosas, cedió aun capricho digno de una hija única: Llegó a Panamericana con la idea de reemplazar los marcadores -que duran dos semanas exactamente- y terminó comprando un paquete con ocho en lugar de los dos recargables que tenía presupuestado. Estos ocho marcadores, sin importar su calidad, marca o precio, llamaron su atención por los tonos vivos que prometían cada que fuera a escribir. Colores desconocidos para algunos de sus estudiantes, pensó tímidamente, como si una presunción de ese calibre no le estuviera permitida por el cariño que siente por cada uno de ellos. Aparte del paquete con los marcadores, ahora únicos en su especie, llevó un borrador y una agenda con hojas sin rayar, blancas, para programar sus clases. En la portada tiene unos pájaros pequeños, lo que ella expresó inmediatamente al verlo en un gesto que no tiene gracia escribir aquí ya que la fuerza de la sola descripción viene de su emoción plasmada en su cara con una sonrisa. La profesora, a veces, también es una niña a la que le encantan los pajaritos.

Al salir del almacén se sintió un poco culpable por haber gastado indiscriminadamente parte de su dinero en algo que debería tener de manera obligatoria como dotación, pero ahora, justo en el momento en el que acaba de escribir y voltea para mirar a sus estudiantes, se da cuenta que la elección no solo la hizo feliz a ella: encuentra en los niños una cara de estupefacción y, en algunos, la misma sonrisa inocente que solo puede generar un marcador con un color diferente. La profe sonríe. Es el primer punto alto del día.

Feb
24th
Sun
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Confesiones.

VI

Por la noche, en un taxi, mientras hace su recorrido sorpresivo, en la silla de atrás dos manos se unen suavemente y este acto tan particular pasaría inadvertido de no ser por algo que dice la propietaria de una de ellas: agarrar a otra persona de esta manera puede ser lo más íntimo que haga alguien. Algunas demostraciones de afecto son más visibles y sonoras que otras, pero en esta oportunidad lo sencillo del acto reviste la sorpresa al saber que es algo que no se repite con frecuencia. Las manos ahora pasan a ser el protagonista del viaje, que se vuelve silencioso. Las caricias hablan, no hay necesidad de nada más.

**

Mientras duerme todo se detiene. Es el reino del silencio. Adaptar la vista en la oscuridad no es problema cuando se tiene toda la noche para hacerlo. La piel buscándose de maneras irremediables, mostrando una realidad incomprendible. Mientras duerme el cabello se hace en curvas y sus labios se abren un poco para dejar salir el cansancio. El atractivo de alguien es difícil de definir. Tal vez su físico sea importante, pero muchas veces hace falta mucho para poder respaldarlo. Una cara bonita, unos ojos transparentes, pueden llegar a ser solamente eso, adornos que deslumbran con el brillo del sol pero que callan tristemente en su ausencia. No es fácil encontrar a alguien que conserve toda su esencia en una sílaba, una mirada, o una mueca con la boca. Que siga siendo una fuerza incontenible con el mínimo esfuerzo.

**

Las derrotas son siempre lo más difícil de compartir. Sentados en un andén la visión de un árbol en el lote de una casa lejana y olvidada toma importancia. Querer dejar allí la vida misma colgada para dar un significado a la muerte: dejar el cuerpo donde se vivió la niñez, para reencontrarse con ese paraíso que se perdió para siempre. Las lágrimas de impotencia y los labios temblorosos, el rostro de la tristeza irremediable, el llanto tranquilo e inconsolable. Dudar del futuro, renunciar a el. Renunciar al presente. Dejarse ir. Dejarse llevar por la marea negra que inunda la mente al cerrar los ojos, escuchar voces que reclaman no estar preparado para nada, y pensar que todo puede salir mal. No escuchar ninguna voz de aliento. Darse cuenta de la situación, pensar que se ha tomado el camino equivocado y ya no hay marcha atrás. Sentir un agujero en el pecho, el aire que escasea y quema en los ojos. El peso de la decepción que lo quiebra todo. Querer escuchar que todo va a estar bien y poder creerlo.

Rendirse y confesar los temores que aumentan su tamaño al salir por la boca. Llorar un poco sin remedio. Dejar que la luna cure las heridas, y el silencio de la noche lo limpie todo. Perderse en otros brazos para recibir aliento. Aferrarse a una esperanza prestada. Tratar de volverla realidad.

Feb
23rd
Sat
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Retos.

V

Los nervios suelen manifestarse de la misma manera: temblor en las piernas, las manos sudorosas y las orejas calientes. A veces, también, acompaña un vacío en el pecho que se va tragando las palabras antes de que puedan llegar a convertirse en sonidos, pero en esta oportunidad puede ser peor: en un salón de clase la voz del profesor no debe ser débil, apagada, dejando en claro el desequilibrio interno que puede originar tener bastantes pares de ojos dispuestos a juzgar y señalar cada uno de los errores que pueda llegar a cometer. Desde el otro lado todo es más sencillo: sentarse y esperar que esa persona se rinda inevitablemente ante el timbre para el cambio de hora, dejando toda su preparación y hasta auto estima en entredicho. Una persona que habla cincuenta minutos contados y solo puede disponer de ese tiempo para tratar de dejar algo en los treinta estudiantes sentados frente a él generalmente tiene las de perder. Más si se trata de su primer día.

El colegio no parece sino un edificio de apartamentos mediano que en su interior tiene algunos retoques para hacer más fácil su tránsito de un salón al otro. Los estudiantes se amontonan en los pasillos y hablan con ese tono desagradable y altanero, torciendo el labio superior al tiempo que están frunciendo el ceño. Su forma de caminar, de vestir (así sea llevar el uniforme) habla un poco de esa condición excluyente en la que viven, algo que se nota más en algunos profesores, ya que están allí solo porque les pagan por hacer un trabajo mediocre. Pero para ellos es la salida fácil: los estudiantes pueden camuflarse entre sí y a veces el profesor no acude a un salón sino a un bosque en que todos son la misma indiferencia. Una guerra a dos bandos en las que las partes tienen un trato amistoso fuera del campo de batalla, como si fuera requisito querer acercarse a su enemigo para que al distanciarse sea todo más doloroso. La decepción como arma en un conflicto que no tiene tregua.

No puede ser muy arriesgado pensar que en lugares similares a estos el pragmatismo venció al espíritu de quien quiere enseñar, o de quien lo puede llegar a ver no como un simple empleo sino una vocación. Dedicar tiempo para pensar estrategias o actividades que salgan de lo común y dejen huella, tiempo extra en las actividades del día a día, una inversión que no tiene ganancia alguna aparte de la satisfacción personal. Pero es difícil luchar contra una realidad compuesta por compañeros en el trabajo que se desentienden de la importancia de su labor, unos estudiantes para los que aprobar un curso es limitarse a asistir a clases durante un año y una administración que improvisa diariamente los principios de un centro educativo.

Era tan solo el primer día en el primer trabajo que de verdad anhelaba y no era necesario tener muchas expectativas para que la desilusión fuera tan grande: un lugar nada acogedor, con gente desagradable y en donde se podía pensar que hasta las mismas personas que enseñan ahí se sienten avergonzadas de hacerlo.

El vacío se trepa del pecho hasta las fosas nasales y las aprietan contra el cráneo con un calor áspero. Es medio día y en medio de una tristeza íntima aspira a sentirse mejor enviando un mensaje contando la buena nueva a quien quiera recibirla. Una alegría que nadie comprende y que a nadie le importa. La soledad, a veces, depende de muchas personas.

Feb
22nd
Fri
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Barro.

A lo mejor en el mismísimo centro hay un perfecto hueco.

IV

Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo mira dentro de ti. El problema allí es cuando se está mirando todo desde dentro de ese abismo, pensar que nunca podrás salir. Me gustaba construir figuras entre dos porque adquirían más sentido. Como los puentes, que no se sostienen de un solo lado. También formamos la figura del puente con las llamadas nocturnas, las voces sosteniendo esa unión mientras hacíamos el recorrido hacia el lado contrario siempre, en redes que se alargaban hasta el infinito. Un puente que unía ese mundo acogedor y cálido que estaba habitado por personas a las que les da miedo expresar verbalmente su cariño, pero no querer a la gente. A veces me hacen falta, a veces los llevo en una suerte de plegaria que hago cada día porque ambos sabemos que con dios, el señor ese, no podemos contar siempre, así alguna vez haya acudido a él. Pero decía que el mundo lo construimos juntos, como las metáforas, y ese mundo se sostuvo siempre por dos columnas que, así no te lo vaya a reconocer nunca, éramos tú y yo.

Pero crear ese mundo cómodo también tuvo una desventaja, porque en paralelo existió el abismo al que fuimos arrojados usualmente, ese que tu reflejas sin pudor y al que yo le temo tanto. Decía que las figuras nos quedaban a los dos bien porque nos entendemos a veces mejor de lo que creemos. El abismo, para los dos, es un pozo lleno de barro, un barro espeso, helado y oscuro que se nos trepa en la piel y pesa tanto que nos asfixia. Ese infierno nació con el pozo en el que tú decías que estabas, y con el barro que yo me creía, esa masa sin forma ni potencial. Lo bueno de ese lugar, porque lo tiene, es que muy pocas veces estábamos allí los dos al tiempo (y cuando eso sucedía era horrible) pero por más hundidos que estuviéramos podíamos contar siempre con una mano dispuesta a sacarnos. Me gustaba ese arreglo tácito: el vivir juntos en ese mundo que habíamos creado, pero turnarnos en el infierno para poder salvarnos.

En la mitad de esos dos lugares hubo un campo indeterminado que nos dio miedo explorar, porque es un lugar al que nos gustaría ir juntos pero ya sabes que no podemos hacerlo. Yo lo recorro cada tanto, con esa valentía prestada que conseguí en algún lado, con mis pasos más firmes que nunca así me decepcione más adelante. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que tropecé caminando por la calle. Hasta en eso he cambiado.

Tal vez el dolor que experimentamos sea siempre por lo mismo, lamentarnos por todo el esfuerzo y tiempo invertido, por las expectativas que hubo alguna vez como con toda creación y la imposibilidad de llegar a repetirlas.

Tal vez lo que más me duele reconocer ahora que las cosas no paran de derrumbarse no es la posibilidad de sentirse mal por ello, sino el saber que más adelante y sin importar lo que pase habrá siempre otros mundos.

Feb
21st
Thu
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Asistente.

III

Los paisajes en las oficinas son siempre el mismo: la ventana como ilusión de libertad. Afuera todo tan bonito. El verde de los árboles, la iglesia a un lado y al otro la cancha en la que unos niños del colegio de no sé dónde juegan cuando se acaban las clases. El sol, el cielo. No se alcanza a ver muy bien la avenida, escondida detrás de estos edificios, y menos mal que solo hay una ventana. Adentro todo es igual de malo siempre, con unas pocas excepciones: la guisa esta que me cae mal y sus amigas que prefieren pelear conmigo para que ella no les haga la vida imposible. Siempre me pregunto qué diablos les hice para que me trataran de esta manera, menospreciándome y con vainazos a cada nada. ¿Es por lo que soy joven? ¿Es por lo que soy bonita? Ciertamente más bonita que todas ellas sí soy, así en la calle pueda dudarlo mucho. No soy gorda, y puede que no esté muy buena pero me defiendo con otras cosas. Ellas aquí y allá la ventana. ¿Será que es envidia porque la jefe me volvió a llamar? No era mi gran opción, yo tampoco quiero estar aquí, tanto como ellas no soportan verme todos los días. No me gustan todas estas responsabilidades que vienen siempre con el consejo de que esto puede servirme para mi futuro, como si yo quisiera morir trabajando en una oficina. Si sigo haciéndolo ciertamente voy a morir joven, sin lograr lo que quiero hacer, que a la larga pueden ser varias cosas, pero ciertamente no esta. Los libros contables, las facturas, envuelta en un mundo de números que jamás apareció en ningún currículo en el colegio. De haberlo sabido. Es más, hasta en el espejo de este puto baño me veo siempre más fea.

No me gusta despertar temprano sabiendo que debo tomar el bus que me lleva al transmilenio que me deja a unas cuadras, no me gusta madrugar nunca, y es muy posible que no llegue a ningún lugar a tiempo, pero me prometieron algunos beneficios y yo no los veo. ¿Son estas las promesas que me van a hacer toda la vida, todos los días? Siempre el mismo estrés, siempre la paciencia que se me agota mientras mantengo la sonrisa ficticia con la que escondo la ceja que me tiembla de la furia. Odio cuando me dice “señorita” con su voz de ratón, cuando habla de mi porvenir como si se viera entrenando a una de sus hijas, si es que tiene. ¿Será que le queda complicado entender que yo no soy una extensión de ella? Yo tengo mis aspiraciones, mis sueños, y en ellos no veo estas tablas de Excel en el computador, ni las llamadas ni las salidas espontáneas porque no hay quién más lo haga. Me gusta mirar en la ventana alguna que otra cosa, distraerme, pensar que el futuro no es esto sino algo que está a mi alcance. Pero los distintos trabajos, las decepciones con los sueldos o con los contratos que se acaban. En el hospital el jabón sabía rico, y ese tal vez pueda ser mi mejor recuerdo de allí. Bueno, luego en la oficina con el abogado lindo al que lo manejaba la señora. Allá había una ventana más grande, podía mirar desde un extremo de la ciudad a su centro, la gente palpitándole a Bogotá en las aceras, todo vivo de una manera diferente.

Tantas opciones, y entre todas ellas esta, que es lo mismo a no tener ninguna.

Estoy acá sentada, disimulando el odio. Prefiero odiar que estar triste, aunque odiar es algo horrible y la tristeza la disimulo muy bien. Pero no siempre puedo. A veces me gustaría que fuera más tarde, pero el reloj se demora en marcar la hora de salida. Creo que le caigo mal: por la mañana apura el paso para hacer que yo llegue pasadas de las siete y por la tarde desde las cuatro alarga el día para anunciar las cinco.

Menos mal existe la ventana.

Feb
20th
Wed
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Terrazas.

Tan bonita la luna, lástima lo lejos.

II

En una noche calurosa de julio, a nivel del mar, un bar entra en la noche con, apenas, dos clientes. La humedad del ambiente, la ausencia de personas allí, la pereza de los meseros se va asentando hasta que, una hora después, el lugar va cobrando vida a medida que quien llega va pidiendo su dosis de alcohol en diferentes presentaciones. La pareja que llevaba ahí el tiempo que duraron para cumplir esa cita, esos años, se confesaban cosas sin mediar palabras, los actos mostrando los compromisos que se logran luego de una larga convivencia. En la pista de baile, desierta, dispuesta para ellos dos, daban vueltas continuamente tratando de sincronizarse en el único ritual que podía distanciarlos en ese momento. Él con su intención por aprender sin importar el ridículo, la paciencia por ambas partes que se sostenía con sonrisas tiernas al tiempo que la vergüenza cedía hasta desaparecer por completo. Los ojos que brillaban con luz propia desde siempre dijeron “hoy te salvo yo” con cada intento.

Un par de horas más tarde, bajo el cielo brillante de la media noche, trataban con la poca seriedad que les quedaba nombrar las estrellas y dibujar con ellas constelaciones imaginarias y sin sentido. La luna llena iluminaba las superficies como si estas fueran de otro material. La realidad se percibía en los pocos colores que caían del cielo.

****

De la casa llegan esos sonidos cansados y llenos de metales, trompetas que no indican el fin del mundo sino, tal vez, cómo disfrutar de él olvidando la parte de la vida que genera problemas y destrozos, los inconvenientes que llegan con el día a día. Suena la letra en esa voz desgarradora pero distintiva: Estoy confundido, y le pido a Dios, te niegue el perdón. Los gritos y balbuceos del Joe que se disimulan con el ritmo y ese resultado, ese conjunto, va tomando forma y gobierna el cuerpo de cada uno de los asistentes. Pero necesita un momento sola, así que sale del recinto en busca de algo más, algo que la pueda estabilizar. Un respiro. La calma. Es diciembre. Hace frío, y a veces es necesario (aunque no recomendable) tomar la brisa nocturna y sentirla en la piel, el escape de la mente usando uno de los sentidos para recuperar los demás. Prende un cigarrillo que se deshace en pequeños fogonazos rojos, un mensaje en clave desperdiciado. Las sonrisas que se convierten en calma, la serenidad de la noche que la contagia. El cigarrillo que se va volviendo cenizas.

Las nubes con sus formas caprichosas brindan el resguardo perfecto excluyendo a la ciudad del resto del universo, la cortina cerrada que no deja ver bien las sombras, una forma delicada de intimidad que nadie es capaz de gobernar o comprender. Una simple casualidad. Una tras otra: apenas alza la mirada al cielo alcanza a ver la luna, o la parte que muestra, como si su timidez se reflejara en ella.

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