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My Ass Boring Life.

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May
11th
Fri
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Viento.

El transmilenio. La estación. La gente se baja del bus, se sale como puede. A la hora en que lo hago no es un problema realmente, el inconveniente es poder llegar hasta la puerta y de ahí un poco la libertad. Luego de eso caminar. Al parecer uno es libre cuando camina, o da esa sensación, la movilidad así no sirva para llegar a ningún lado. Atravieso la estación, oprimo el botón que abre las puertas del costado sur y me tiro a la calle sin saltar, flexionando las piernas para no sentir el peso real de todo mi cuerpo al caer del desnivel de la estación al asfalto, poco más de metro y medio entre uno y otro. Ritual de todas las noches. La pereza del camino largo y sin novedades, lo atractivo del atajo lleno de peligros. No vienen carros, la noche oscura se anda comiendo todas las luces que existen y entonces paso la avenida sin prisa, sin querer queriendo, movido más por una extraña inercia que me deja cerca de algunas cosas que llevo esperando todo el día. Camino y paso por mi casa, pero no voy para allá. No. Es temprano, no mucho, pero a lo mejor la señora que lleva cortándome el pelo todo este tiempo, durante todos estos años, tenga abierto su local. No recuerdo cómo es su nombre. Carmenza, Hortencia. No sé, nunca se lo he preguntado. Me urge llegar, que me quite el mechero, el casco improvisado que tengo encima de canas y pelo que parece de paja, un pelo horrible, largo y que a ratos luce chamuscado, de espantapájaros ya sometido por el sol. Como de indigente, pero limpio. Hoy me dijeron que me visto como si no me importara el mundo, más o menos como si viajara sin rumbo y sin importarme nada. Es uno de esos casos en los que el sentir y la forma de vestir se fusionan y una cosa termina evidenciando la otra: la falta de ganas, de creatividad, el aburrimiento. También me dijeron, el otro día, que era un elemento de aire por ser acuariano. No entiendo a qué viene eso. Un elemento de aire que se interpretó como viento, una fuerza que empuja cosas o levanta, me dijo cierta persona. Me dicen cosas porque yo no termino de entenderlas, educándome todavía.

Paso por mi barrio con mi eterna maleta azul, los converse que no saben a estas alturas de la vida lo que es la más mínima muestra de aseo (o tal vez se olvidaron de eso, quién sabe); los pantalones caqui con bolsillos en los muslos y líneas verticales delgadas, negras, que son los más feos que tengo; una camiseta polo gris debajo de un saco café y un abrigo de paño color gris con vetas negras, todo de colores que son escalas casi del mismo tono oscuro y sin vida, un gran tachón en la calle que avanza a una velocidad respetable mientras en los audífonos suena alguna canción que voy tarareando con bastante inseguridad, pensando en que los trapos que llevo puestos representan un poco un sentir que no puedo definir y que tal si pudiera cambiar el exterior adentro pasaría algo; una tristeza que va viajando en cada pie con cada paso que doy hasta que, sin saber por qué, veo que una mujer viene despacio a una cuadra, con las manos en la cara y andando encorvada como si un dolor intenso no la dejara mantenerse recta, o asumir por lo menos la mirada a otro lugar que no fuera el piso. Me detengo. Ella continúa con su camino mientras me ignora, limpiando de su rostro sendas lágrimas con las manos, con la manga del saco rojo, con los codos cerca del cuerpo tal vez conservando un poco su dolor para no contagiarlo al mundo, haciendo el esfuerzo monumental de no derrumbarse. Sigo caminando, pero ella viene detrás. Paro, completamente. Ella se da cuenta de que la miro. Tiene el cabello crespo, castaño, un jean, tenis blancos y los ojos colorados por la fricción de la ropa al secarlos y también por la cantidad de líquido derramado, parece que llevara llorando toda la noche, o que hubiera vivido la cosa más horrible del mundo y que nunca podría sacársela de la cabeza. Me quito un audífono. Sigue caminando. Mis cosas, mis dudas y un poco las penas que tengo se van ocultando en lugares remotos y me preocupo por ella. La niña de rojo, porque no debe tener más de veintiún años con su tormenta íntima y yo con la mía menos evidente nos vamos acercando. Le pregunto si está bien. Trata de reincorporarse, pararse derecha, la respuesta dependiendo de lo poco que pueda reunir de ella misma en ese momento. Sí, me dice, con la fuerza que alcanza a encontrar sin ser mucha porque no es para nada convincente. Vuelvo a preguntar si le ha pasado algo, lo cual es una tontería porque evidentemente algo pasó, algo importante, horrible, impredecible. No, no señor, estoy bien. Me sorprendió eso de señor. Le propongo acompañarla, a lo que se niega con la cabeza, sin convicción, pero también sin resistencia: sabe que la sigo a una distancia prudente. No quiero que piense que voy a hacerle algo, con mi atuendo de indigente, mi peinado y aspecto de persona de poco fiar. A media cuadra llega a su casa, luego se vuelve a mirarme, ya más calmada y sin estar tan desecha como unos minutos antes. Gracias, me dice antes de irse, en medio de lo que pretende ser una sonrisa. Se va. Se fue. Siento algo raro, las cosas que estaba pensando todas diluidas y que seguro van a llegar más tarde en la noche, en la madrugada mientras tengo el escudo abajo, ya sin mi armadura, dispuesto a dormir. Pero eso, ahora, mientras espero que ella se encuentre mejor, la verdad no me importa.

May
2nd
Wed
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Formas.

Compré la última coca cola fría de la oficina. Detrás, en esa fila tonta más de uno salió decepcionado, hasta la muchacha que hacía un rato me dijo “¿le gustaría calentar su almuerzo con el mío?” casi cediéndome su turno en algo muy parecido a darle la prioridad a la tercera edad. Seguro me vio las canas que ya tengo, o se fijó en la mirada que cargo ahora por las llamadas al celular que no voy a contestar. Fuera lo que fuera, me dejó usar el microondas al tiempo que ella y sobre eso hubo una pequeña conversación que trataba de la cantidad de tiempo necesaria para calentar dos comidas. Le dije que tres minutos y no objetó, pero luego marqué treinta segundos de más para no correr riesgos, porque uno debe ser precavido. Ella aprobó tan escueto arrojo levantando las cejas. Apenas oprimí la tecla de start ella se fue a algún lado en la cafetería y yo busqué una silla para dejar descansando mi maleta que anda maltrecha y sobre la mesa unas hojas que tenía que mirar, todos comiendo y yo con cosas para hacer mientras con una mano me voy a echar el bocado casi por un lado. Tres minutos y medio no son nada, vuelvo al horno y ya está terminando el tiempo. Saco las comidas. La busco, una mujer más bajita que yo, rubia original con ojos verde claro y una piel clarita casi transparente, una niña con un jean que le queda holgado y un saquito de lana que deja ver que es una mujer pero sin gritar la proporción de sus atributos, ando yo en esas cuando a mitad de camino entre la mesa donde se calienta la comida y las otras en las que se come aparece ella y me dice gracias, sonriendo, y coge su coca y coge por su lado y yo me voy por el mío.

 

Me quedo pensado en la pregunta. ¿Le gustaría calentar su almuerzo con el mío? No miro papeles sino que la busco y trato de entender el por qué dijo que si me gustaría en lugar de si quisiera o simplemente por qué no salió con que no había problema si lo calentábamos juntos. De gustarme me gustó, tal vez más la forma en que me la preguntó que el acto mismo. Se hace dos mesas más al sur, está sola y yo termino de comer casi al tiempo que ella y nos vamos para volver a coincidir en la salida. Un rato después estamos en la máquina dispensadora y ella justo detrás de mí, la historia ahora al revés, ve casi con tristeza cómo soy el último afortunado en el mundo por llevarme la gaseosa helada. Me pregunta si está bien fría y yo se la alcanzo un poco a la altura de los codos, entendiéndome el gesto la toca con la mano y tratando de no soltar una pista sobre su tristeza tuerce los labios y apaga la mirada. Le propongo que la compartamos, por aquello de calentar el almuerzo juntos, los buenos viejos tiempos, y suelta una carcajada que la compone mucho y responde que le da pena. Tiene la lengua rosada, pálida, como si estuviera enferma, los labios húmedos pensando en la coca cola, tal vez. Caminamos por el pasillo y le repito la oferta y ella volviendo a mirarme dice que no hay problema y que muchas gracias, pero que no puede aceptar. Luego se alejó, de nuevo. Creo que no sé pedir las cosas, llevo casi una semana sin darme cuenta que a veces lo importante no es decir algo sino la forma de hacerlo. Ahora perdí la oportunidad para preguntarle si quisiera compartir la gaseosa conmigo. A lo mejor todo hubiera resultado distinto.


Apr
30th
Mon
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Animales.

Es la una de la mañana y acá no se para de vivir. Mientras en el cuarto se respira un ambiente pesado de muchas cosas que es mejor no definir por no dañar ni saturar los ojos suyos, digamos que el cuarto está lleno de cosas negativas que le van ensombreciendo el alma a uno de maneras inexplicables, una vigilia que se alimenta de lo que va saliendo de la boca y es reciclada por los oídos para seguir saliendo cada vez más pesada y densa. Mientras en el cuarto mío me ahogo tratando de definir la espesura que me sale del pecho en la puerta suenan los aullidos de Samy que no es otro que el perro de la esquina, el del barrio, que todo el mundo aprecia a fuerza de repetición de verlo caminar en las calles ladrando en su cansancio de tantos años a personas desconocidas o peligrosas. Samy llora del frío y mi mascota lo replica desde aquí dentro. Mi madre, ella siempre con el corazón un poco más claro que el mío, me dice que le demos de comer, que el pobre hoy no ha probado bocado porque nadie cocina sino sale a almorzar a lugares lejanos olvidando un poco el compromiso adquirido con el animal que nos cuida casi que sin salario. Alistamos en un plato desechable un poco de caldo con arroz y salgo a llevarlo. Samy ya no está en la puerta, y en la calle no hay un alma pero se ve claramente como anda todo teñido de blanco por una bruma que resulta bien pendeja. Entonces estoy yo caminando sin zapatos ni protección en los pies, con mi bermuda dominguera y una camiseta de manga corta a la una de la mañana moviéndome por razones ajenas a mi comprensión detrás de un perro que todo el mundo recuerda, patrimonio histórico de la cuadra, gritando su nombre mientras me ve extraño y bate la cola, lentamente, evidenciando la felicidad no de la comida que no sabe que llevo sino de mi presencia. Los animales son agradecidos, sobre todo cuando son tan viejos. Le dejo el plato en la esquina y le digo que coma tranquilo y él no sé si entendiendo o no mete el hocico y se relame tranquilamente mientras vuelvo a la casa, a media cuadra, todavía sin saber por qué, yo tan ocupado como estaba en mi cuarto odiando gente que no conozco o que dejé de conocer en algún momento de mi vida cuando mi mamá para purificarme de todo me dice que pobre perro durmiendo en la calle, que si yo no sentí caminando nada descalzo en el andén. Entonces tomo una caja, la desbarato, cojo otra, la hago pedazos y salgo de nuevo a socorrer a quién no pidió ayuda realmente pero en una labor que me llena de motivos de caminar con tan poca ropa y la planta de los pies helados y lo llamo y se pone contento, otra vez, como si los animales no acabaran nunca de ponerse contentos y voy a un lugar y le armo la cama con los pedazos de cartón y no he acabado cuando Samy ya está poniendo sus cuatro patas decrépitas sobre esa superficie de otra temperatura y me mira y le consiento la cabeza, le digo que duerma y hasta mañana y da sus dos vueltas y se acuesta sin pensarlo más veces, los animales sabios siempre con la edad que tienen, el conocimiento del mundo práctico que les queda para saber que entre el piso de asfalto y otro de un color distinto hay varios niveles de comodidad. Lo miro un poco mientras tiemblo, se hace un ovillo y mete la cabeza en sus patas delanteras para taparse todo y pienso que por la mañana nadie lo va a poder desenroscar de lo tieso que está ya el pobre y me devuelvo frotándome los brazos con las manos y haciendo vapor con la boca mientras llego y el perro mío me saluda efusivo casi que agradeciendo y mi madre me dice que si se acostó allí el pobre animal y le digo que sí. Luego subo a mi cuarto y el odio que estaba acumulado saliéndome del alma ya no existe en gran medida y me siento a escribir esto un poco mientras alguien me pasa cosas para que lea y el odio que quiero mantener y que me desborda y que me priva casi de vivir va desapareciendo y lo reemplazo con dos tipos de palabras, las que escribo y las que leo, y Paula me conmueve con una solidaridad rara como la mía con la de Samy y ahora tengo las patas calientes y el pecho también y yo en silencio le agradezco mientras me pongo en posición para leer.

Apr
23rd
Mon
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Infiernos.

El almuerzo es arroz y una torta de carne con huevo. Papas fritas. Lo que está más caliente es el arroz, humeante todavía luego del paso por el microondas. La torta se deja romper tranquilamente por el tenedor. El primer bocado. La mejor comida de toda la oficina, podría apostarlo. No perdería. Es muy difícil que lo haga. El recipiente de la comida es plástico, transparente. Es más grande de lo normal, lo que quiere decir que voy a quedar repleto. Las papas no son crocantes, pero están frescas. El vapor de todo hace que la comida tenga una humedad que se siente en el paladar, da gusto comer. A la derecha aparece otro recipiente con su propietaria y una compañera, dos señoras mayores, una bajita, otra alta. El almuerzo es de la bajita. Se trata de arroz, verduras al vapor y pollo apanado. Pernil. Zanahoria cortada en líneas delgadas a lo largo, no en cuadritos como traigo yo a veces, su color naranja dando vida a todo, al lado del verde de la habichuela que está en pedazos grandes, para hacer bulto. En un papel de aluminio un plátano asado. La señora que no tiene comida se sienta en frente de mí. Hoy llegó gente nueva, le dice a la otra, a la bajita. ¿Y Germán? No se sabe, quedé en ayudarlo pero parece que no. Es terrible, cada día un recorte nuevo. No me lo recuerdes. Ayer estuve con Antonio en el parque nacional, ¿Pero no te llovió? No, muy de buenas. Fuimos con Julián y Margarita. ¿Margarita es tu hija? No, es mi hermana. Yo ayer no salí ni siquiera a almorzar, estaba haciendo mucho frío. Pero el día estuvo lindo. No al lado de mi casa. ¿Reconoces a la de allá? La de cobro coactivo. Sí, esa. ¿Qué pasa con ella? El viernes la vi con David. ¿David el de apoyo jurídico? No, ese no, el del cuarto piso. Ah, ese David es muy flaco. No hacen buena pareja, para nada. Creo que mi comida es la que sigue, espérame.¡Apúrate! Y se pone a comer el pollo, un poco con la mano, otro poco con el tenedor, luchando el hambre con la forma de comer. Chupa rápido, como si yo no existiera, no repara en mi presencia. Luego deja el hueso seco, absolutamente como un adorno, y juega con la verdura en el recipiente. Levanta la mirada y me ve, tengo audífonos pero no música puesta, la canción se había acabado. A mi izquierda se sienta otra señora, que viene ya con una conversación en la mitad. Esa azúcar salió muy mala. Sí, muy mala. El empaque se rompe. Y trae muy poquito. Sí, y no endulza nada. Sí, salió muy mala la azúcar. Los vi el viernes por la noche, David la esperó y salieron tardísimo de acá. ¿Y tú cómo sabes? Al parecer no van a cambiar esta azúcar, ¡yo tengo que usar tres para endulzarme el tinto!. Pues porque Myriam la de talento humano me lo dijo hoy. Como estoy en dieta no siento la calidad del azúcar, y también deje de tomar tinto.  Pero, entonces, ¿qué tomas? Sí, yo le pregunté hoy muy a las ocho de la mañana. Tú no llegas a esa hora. Se ríen. Yo no hago dieta porque tengo que acompañarla con ejercicio, una cosa sola no basta. Myriam los vio el viernes y le preguntó a David sí se demoraba, le dijo que tenía mucho trabajo. Pues yo me cuido como me cuido, hay otras que se quejan del azúcar para poder atorarse con eso. Pero a mi me parece que no se ven mal. Una tiene que saber vestirse para no sufrir mucho, primero con buena pinta que muerta de hambre. Que no, te digo, son iguales de altos, además él es como feito. Yo como lo necesario, no me voy embutiendo cualquier cosa a la boca, lo primero que va pasando. Pero le gusta mucho, mírale la cara. Eso dicen, que el apetito tuyo es tremendo. Pues sí. Una tiene que saber comer. Con y sin azúcar. Oye, el azúcar terrible, ¿no?  ¿Tú sabes cómo se llama ella? Sí, terrible, mira lo gordas que estamos todas porque nos encanta lo dulce. No, pero a lo mejor Estella sí sabe. Yo no soy exigente, igual para morirse solo se necesita estar vivo. Yo me quiero cuidar, así a nadie le importe. ¡Estella!, ven, ven aquí que el señor ya terminó de comer, ¿cierto? Sí, hace rato. Permiso.

Mar
12th
Mon
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Equipaje.

“Yo no estoy loca” dijo Libertad cuando la fueron a visitar. Tenía en sus manos un talego con sus efectos personales, los mismos que le habían dejado el día anterior: una pijama, crema y cepillo de dientes, jabón, unas chanclas y un paquete de galletas. “No me voy a tomar ninguna medicina porque yo no estoy loca” repetía haciendo pistola con una de sus manos, mirando a los pasillos esos viejos y fríos en donde había sido retenida.

 

Libertad tiene un chichón bien visible y también un morado en uno de sus ojos, aunque este es leve. Dice que cuando la fueron a bajar del puente de la calle 170 ella forcejeó con el oficial de policía y el auxiliar bachiller para que no la esposaran. En últimas no lo hicieron: bajó a la calle eso sí bien custodiada y cuando vio a una señora vendiendo chorizos en la calle le pidió que le regalara un poquito de mantequilla “para que no me salga negro, sumercé”. La señora se quedó muda, no sabía qué hacer mientras llevaban a Libertad a un sitio más retirado. “Le compraría pero es que no tengo plata” gritó tratando de recordar en qué había gastado los novecientos pesos que tenía hace unos momentos.

 

Había pasado una noche horrible. No se fiaba de los locos que le tocaron por vecinos, que puede que estén menos locos que la gente del barrio. De noche hizo mucho frío y no pudo casi dormir. También la atemorizaba entablar conversación con cualquiera de esos internos pero afortunadamente para ella la tenían recluida en un lugar aparte, el contacto restringido a un par de enfermeros o el médico de turno. Ahora estaba con su familia y algunos amigos, sí, esos otros locos, los del barrio, que la fueron a visitar. Repetía ese mantra, decía sin cesar que ella estaba bien. Ya se había vestido con una camisa y uno de los pocos pantalones que la habían sobrevivido el día anterior. “Me cansé de cargarla y entonces la boté” dijo cuando le preguntaron por qué se deshizo de toda su ropa. Se pasaba la mano helada por la nariz limpiándosela un poco. No había llorado por el dolor ni por la temperatura del cuarto ni por la soledad, pero lucía bastante afectada. Demacrada, dijo una de sus amigas al terminar su visita mientras le temblaban sin querer los labios.

 

La noche anterior en el barrio el rumor de que Libertad estaba en la Clínica de la Paz se había hecho fuerte y mucha de la gente solamente hablaba de eso. Uno de los más jóvenes de la cuadra revisó en Facebook su perfil y comenzaron a burlarse de ella sistemáticamente: primero las caras que hacía, los ojos, su mirada, todo de una persona que está claramente loca; luego su novio, un señor que vive en Bucaramanga y que, hasta ese momento, todo el mundo suponía era ficticio. Luego recordaban el trato cariñoso que tenía con alguna gente añadiendo algunos adjetivos que no son nada decorosos. A veces la inquina era tanta, tan agudos los comentarios, que las carcajadas penetraban la pared de esa sala y se colaban de una forma tétrica en las casas aledañas demostrando que las paredes no necesitan oídos cuando la boca demuestra de qué está lleno el corazón.

 

El viernes por la tarde, al mismo tiempo que los altercados en la avenida Caracas eran motivo de indignación común, Libertad había agarrado unas maletas gigantes, repletas de ropa, resuelta a irse porque la situación en su casa no daba para más. Solamente tenía que llegar a otro lugar para que las cosas cambiaran. Muchas veces el quedarse estancado es una situación más que nada geográfica: así como una de sus hijas había resuelto irse de su lado para comenzar una vida nueva ella tal vez podría hacer lo mismo. Caminó como pudo a la estación de Transmilenio ante la mirada atónita de muchas de sus vecinas. A una de ellas la gritó para que la dejara de seguir y le funcionó. Llegó el bus y entonces ella se ubicó en la parte central sentada sobre su propio equipaje. Amarró su bolso en la agarradera de la maleta más grande, para poder descansar.

Se fue llenando el articulado en cada parada y las noticias de tanto destrozo y vandalismo eran el tema de conversación de todos los usuarios en ese mismo lugar, pero a ella no le importó. Igual todo esto era lo que iba a ir dejando atrás.  

 

La ruta cambió un poco pero el destino era el mismo, o posiblemente el mismo: después de no poder avanzar más el conductor le dijo a los pasajeros que se tenían que bajar. Estaban en la calle 140, bastante lejos del portal del Norte, lugar al que Libertad quería llegar desde que salió de su casa. Esperó a que todos salieran para no incomodarse y luego de estar en la carretera echó de menos su bolso en el que tenía sus documentos, celular, dinero y algunas cosas más. Revisó en los bolsillos de su pantalón y encontró dos monedas de doscientos, una de cien y ocho de cincuenta pesos.  No lo pensó dos veces y se puso a caminar las treinta cuadras y un poco más que la separaban de ese otro lugar que bien podía ser un sueño que se había negado a soñar durante tanto tiempo, ella quedándose en casa con su nieto y sus hijos, velando por ellos, ayudándolos con las cosas del hogar mientras ellos iban haciendo su vida aparte y la iban dejando relegada a solamente un recuerdo, una persona importante en dos o tres fechas al año mientras envejecía sin darse una oportunidad con nadie, sobre todo con esa persona que la conocía desde los trece años y la seguía esperando en otra ciudad y que no había podido convencerla de lo contrario, de que nunca es demasiado tarde; fueron muchas cosas que pudo pensar con cada paso hasta que pudo ver el puente peatonal en el horizonte, señal de que estaría cerca y entonces agradeció a su mala vista por no engañarla en ningún momento sino notificarla justo ahora en la cercanía del milagro. Fue entonces cuando aceleró, cansada, sedienta, con una expresión dura en el rostro y sus maletas en las manos.

 

No solamente llegó hasta el portal sino que tuvo que seguir adelante para poder hablar con varios de los conductores de los buses que salen de Bogotá a Bucaramanga, aprovechar para poderlos convencer de que la llevaran no por dinero sino por una cadena de oro que se quitó de encima en un acto que ella misma reconoció valiente. Ninguno de los cinco conductores con los que coqueteó, ni sus ayudantes, se prestaron para tal trueque. Pasó cerca de una hora y ella se cansó de insistir. Se devolvió al puente peatonal que la emocionó tanto y subió los peldaños con una fuerza que no menguaba. Paró. Tomó una de sus maletas y la abrió en medio de una conmoción que le era extraña. Una de las prendas cayó en la cabeza de una distraída transeúnte que se andaba enterando de los destrozos en Bogotá gracias a su radio. Al sentir el ligero toque de la prenda levantó la mirada y acompañó a una multitud sorprendida mientras veía a una señora en el puente vaciando su equipaje al aire libre, esa resolución suya convencida de que estaba haciendo algo inaplazable, todo sucediendo en cámara lenta: la ropa en el aire resistiéndose a caer y un policía corriendo a detenerla para que no se fuera a lanzar.

 

Feb
28th
Tue
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Notas de campo.

ME dijeron que fuera en ayunas. Eso hice. Me dijeron que a las seis de la mañana, pero no pude cumplir. Yo no soy exacto con esas cosas. Unos minutos luego de la hora señalada, siempre. A veces me gusta dar de más, pero en cuestión de puntualidad eso es una grosería. Uno no es generoso, para nada. Y es entendible. Es hacerle perder tiempo al otro, minutos que podrían estar desperdiciando en algo mucho menos útil que esperarme, pero que se nota que son perdidos por la huella que van dejando, cada vez más amarga. No me gusta hacer esperar pero llegar tarde es marca de la casa, a veces una cosa inexplicable. Llego en ayunas con el dolor del alma, porque es muy malo eso de aguantar hambre, y uno no está acostumbrado. ¿cómo harán algunos? yo no puedo. Yo no puedo, entre muchas otras cosas, aguantar tanto. Pero estoy ahí, haciendo la fila con otras personas que están en la misma espera y también llegando cuando no es. Confío en que mi retraso se puede disfrazar con alguna excusa romántica. Ah, eso. Hay otros tipos de romanticismo. Por ejemplo un regalo. Un cuaderno regalado con una anotación en la primera página. Es una advertencia, un lineamiento. Lo leo seguido para sentir esa emoción de cuando me lo dieron, pero también con algo de miedo para no ir a defraudar lo que dice ahí, lo que está escrito. A veces las cosas se lo quedan mirándolo a uno ¿no? siento que me va tanteando desde la primera página y no acierto a hacer mucho más. Esperar. Esperar. Le piden a uno que se suba la manga del saco o de la camisa. Yo tengo un buzo y una camiseta debajo, la enfermera me pregunta que cuál mano uso más, le digo que la derecha con ese fastidio que da ser ordinario hasta para eso, no destacar por usar la mano que mucha gente cree que es torpe. Digo que la derecha, entonces me revisa el brazo izquierdo y da con la vena. Que soy muy blanco, se ríe. Luego me da golpecitos con el dedo y cambia de opinión, que mejor el otro brazo. Yo obedezco. Yo muchas veces obedezco porque es fácil, o por costumbre. Voy pensando cosas mientras me limpia con alcohol luego de sacar del empaque la jeringa. Siento como me corta la piel, ese agujero pequeño. Veo como sale mi sangre. Son cuatro centímetros cúbicos que no voy a echar de menos. Yo me veo la sangre todos los días. A veces me muerdo los dedos tratando de comerme las uñas y sangran porque a veces quiero eso, no paro hasta ver esa señal de haber llegado muy lejos. A veces la sangre me sabe a cosas, pero a nada bueno. Es espesa, y oscura. Siempre me imaginé que la sangre era toda del mismo color pero veo como la enfermera llena dos tubos de ensayo con ella y los tapa y los marca y los pone junto con otras “muestras”. Sí, dizque “muestras”. Eso mío ahí en un vidrio y marcado, algo que estaba dentro de mí y que ahora reposa con la de otra gente. La miro a los ojos en lo que ella agita uno de los tubos y veo como mancha todo por dentro. Es realmente oscura, mi sangre. Es definitivamente muy espesa. Ella me mira desaprobando la muestra, eso que me sacó. Ahora me juzga por eso. Es decir, estando allí sentado con mis kilos de más le da por culpar ahora a mi sangre. Me pone un algodón y llama a otra persona. Mientras hace lo mismo con ella, menos la parte de juzgar claro está, se me acerca y me pone una curita de esas redondas. Ya no me veo la herida pero se me va poniendo algo negra la piel. Solo un poco. Salgo de allí y tengo hambre, quiero comer. Quiero dormir. Me acuerdo de la vez que estuve en el taller y le cambiaron las pastillas de los frenos al carro. Es un Renault 9, y jode a veces pero nunca deja botado a nadie. Lo subieron a unas plataformas y le abrieron el capó. Luego le quitaron las cuatro llantas y lo fueron desarmando desde ahí para mostrarme todo lo que estaba mal, que estaba todo gastado. Yo me hice el que miraba pero no podía dejar de sentirme triste por ver el carro algo vulnerable, sin que en ese momento pudiera llegar a cumplir la función por la que había sido fabricado. Ahí estaba, colgando, perdiendo su propósito. A su lado un Clio se veía más poderoso, en el otro un Spark de los ya viejos que esperaba a su dueño, ambos tan pequeños. Sin llantas lucían graciosos, pero mi Renault no. Recordé a mi abuelo y sus clases de mecánica espontánea que consistía en mostrarme las partes del motor y enseñarme el procedimiento para prender su carro, el de siempre, el de toda la vida: un Buick Century del 56. Meta la llave, luego pise el acelerador dos veces, dos, no tres ni una, dos, dele arranque. El carro le prendía siempre, pero a nosotros no. Era una confianza que se tenían ellos. Pensaba, cuando niño, que esas cosas solo les pasan a los viejos. Me acordé de eso mientras le cambiaban las pastillas de los frenos y yo trataba de leer un libro. Los mecánicos pasaban por ahí incómodos, como si los quisiera hacer sentir mal por el hecho de estar haciendo algo que ellos tal vez no hacen. No es eso. Me aburro. Luego de un rato se hicieron en la butaca de mi izquierda y empezaron a hablar de fútbol, ahí fuimos iguales. La democratización sinsentido, ellos repitiendo esquemas y formaciones y yo sin saber qué partido nos estábamos perdiendo. A mi abuelo le escuchaba con algo de desidia pero lo extraño, trato de imaginar que diría viendo así el carro y en plena conversación de fútbol. Él no era hincha de nada, no lo recuerdo. Le daría duro ver casi que desarmado al Renault, supongo. Era un tipo cariñoso. Era cariñoso y se murió y vendieron el Buick y ahora estoy yo en el taller esperando a que acaben, comparando el Renault con sus vecinos pensando que a lo mejor los dinosaurios antes que cualquier desastre se murieron fue de aburrimiento. Son las cuatro y nada que acaban. Es otro sábado perdido.

Dec
28th
Wed
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Ciclos.

Me imagino que tengo las manos llenas de callos y ese tipo de cosas. La gente se va haciendo gruesa dependiendo de su trabajo, las manos se adaptan, la piel cambia. Mis manos, como decía, deben estar ya protegidas para algunos tipos de cosas. Los cortes. De tanto alzar cosas rotas que tienen bordes afilados. Las cosas rotas que se rompen en cosas más pequeñas. La ventana que rompen los niños de afuera con un balón o que se cae por alguna torpeza, el no poder mantener equilibrio. O resistirse a caer. Son cosas distintas. Las manos las tengo así. Es difícil que me saque sangre, que me hiera, ya que las tengo protegidas después de tanto tiempo. Pero no es solo eso.

Yo siento que voy a extrañar algunas cosas. Algunas personas. Gente que es linda o que tenía una sonrisa pura. O un culo grande. O una mirada profunda. O las cejas gruesas. O las gafas torcidas. Ese tipo de cosas. Los lugares. El pasar por allí. Saber como se sentía el tapete de cada área con mi peso. La cara que me hacía la rubia flaquísima de jurídica. Era linda. Ojos verdes, nariz respingada. Cabello castaño ondulado. Manos delicadas. Me miraba feo. Raro. Otras, pues, unas altas ya señoras me saludaban de buena manera y a veces intercambiabamos alguna palabra. No mucho: no supe sus nombres. Otras personas que seguro se dieron cuenta de mi presencia en el lugar, es decir, no les era indiferente.

El otro día uno de los mensajeros le tomó una foto a una mona que no sé bien qué hace. Estaba con Deyanira y ella se dio cuenta. Y se dio cuenta que yo me di cuenta. No me dijo nada, yo traté de hacer una sonrisa cómplice pero todo eso resultaba muy complicado, muchas fronteras en el aire que se podían sortear solamente con el cargo de uno. A la larga aun perteneciendo a la globalidad no pasa nada: estando en esa comunidad, pero fuera de otra más pequeña, no se es nadie.

Esta noche es doblemente triste porque no es tanto lo que se irá perdiendo de a pocos (la camaradería de los compañeros, esa compinchería y sus caras y sus nombres, amigos prestados) sino el dolor de saber que nada de eso se mantendrá firmemente fuera de ese lugar, de esa situación. Es la última semana del año y ya comienzan los cambios a darse, los ciclos que se mueren. Yo me veo recogiendo los pedazos de un espejo que se rompió hace tiempos pero al cual le seguían dando martillazos. Hoy me corté y me saqué sangre. El dolor se representa en gestos y lágrimas, en ojeras. Son horribles, ahorita. Parece que tengo los ojos hundidos en el fondo del cráneo, y los rodean unos ríos pequeños que se han ido alimentando de otros dolores más grandes, dos canales que fluyen continuamente y desesperadamente su recorrido al final de la cara, al mentón, al piso. Estaba alzando los pedacitos y, de repente, los volví a tirar, con rabia. A hacerlos trizas. A volver polvo lo poco que había, que no quede nada, que sea fácil de reemplazar. Pero nunca es fácil.

Solamente hoy me pude dar cuenta de una cantidad de cosas que nadie más supo. Hoy hice el inventario de todo lo roto y a la final no importó.

Espejo, mesa, silla y cama, un listado de cosas que creo tengo que conseguir, cada una representando algo importante y que ya no está. No sé por dónde empezar.

Dec
13th
Tue
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Disonancia.

Hace años la tele me mostraba en esos programas navideños que Papá Noel tenía unos listados en donde anotaba con rigurosidad la manera como se comportaban los niños durante el año. A los buenos les daba regalos, a los malos un trozo de carbón. Era una analogía que yo veía pero no entendía por lo ajeno del asunto: ni Santa, Papá Noel o el niño dios existen. Eran tres figuras que recompensaban un buen comportamiento que a ciencia cierta no sé cómo medían. Nunca tuve miedo de no recibir nada, o tener un pedazo de carbón el 25 de diciembre porque, a pesar de no ser una persona ejemplar durante el año, entendí de mi madre que las personas se merecen cosas buenas porque sí, por eso tuve bajo el árbol en esa tradición que todavía se repite un regalo, así fuera uno solo, un juguete caro, bonito, feo, de mi gusto, un anhelo personal o simplemente unos zapatos, una camisa, algo, cualquier cosa, en un paquete con una tarjeta que tenía ahí escrito mi nombre.

No era cuestión de merecer, o eso me enseñaron.

Luego uno va aprendiendo otro tipo de cosas: que el karma es, digamos, ese balance cósmico que luego se las cobra a uno, lo que algunos llaman las vueltas que da la vida. Supuestamente ya no es Santa, Papá Noel o el Niño Dios el que anotaba quién era bueno o malo, sino que era un poco más comprensible: se llevaba registro de lo que se hacía, por cada cosa buena una recompensa, por cada cosa mala un castigo. Y eso es bien relativo, ¿no? Se necesitaba de alguien que pensara parecido a uno, que lo entendiera para saber que lo motivó a hacer una cosa o la otra. 

Es muy fregado hacer cosas malas porque sí. La mayor parte del día uno hace cosas sin pensar en la balanza celestial, en si se está ganando el cielo o el infierno, el juguete o el carbón. Ayudarle a este, escuchar a la otra, aconsejar al de allá, hacer reír con pendejadas a la de acá, de ese estilo. No es cuestión de merecer, dice uno, piensa uno, convencido de que es así, que las cosas pasan porque sí. Y entonces uno ve, digamos, en los noticieros imágenes desgarradoras de la gente  que pierde cosas en el invierno, y siente una simpatía que no dura mucho, apenas lo del reportaje, el testimonio visual, uno asociando un sentimiento a lo que le muestran para olvidarlo después. Uno no se detiene a pensar, digamos, en lo que puede pasar por la cabeza de esa gente. Imagino que es un lamento y un “¿qué hago ahora?” en la soledad esa de la tragedia que hace que el mínimo gesto sea digno de agradecimiento pero nunca lo suficientemente solidario.

Y digo todo esto desde una decepción más bien cómoda: llego de la oficina para encontrar mi cuarto, mi cama, toda mojada. Una gotera que se rebeló y se ensañó en un punto estratégico que ahora me va a arruinar la noche aún dentro del techo este de la casa. No hay una gran queja ni una maldición ni un qué hago al ver la tontería que es todo, apenas cosas un poco húmedas. Está el pensamiento ese inmediato que tiene uno con forma de lamento: ¿y yo qué hice?. Pues nada, uno no hace nada. Las cosas pasan. Y es eso o que dios es un tipo que solamente tiene una lista para todo y encima es bastante desordenado.

Dec
12th
Mon
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Cegueras.

Ayer el taxista me preguntó si había visto el partido Real Madrid contra Barcelona. La ruta que iba a cubrir no era tan larga como para hacer un análisis profundo ni tan corta como para quedarme callado, entonces le dije que sí, y que fue un partidazo. Compartimos algunas apreciaciones sobre Messi, ese genio que todo el mundo conoce, y la diferencia suya con Cristiano Ronaldo, el pobre muchacho que briega para darse a conocer diciendo cosas que escandalizan y hablando de sí mismo de esa manera tan molesta como el que madruga temprano a golpear la puerta un domingo para que le pongan cuidado a una verdad de la que nadie está realmente convencido.

El tipo no mostró preferencia por ningún equipo y se mostraba muy alegre por lo que había visto. Yo le dije que no recordaba como jugaba Maradona, y que sí era mejor que Messi debió ser algo sobrenatural. En eso el taxista se devolvió mirándome a mi, no por el retrovisor como hacen siempre, sino cara a cara. Me dijo que sí. Que Maradona era un monstruo. Que él jugaba todo lo que se dice, todo lo que cuentan: la leyenda de Diego Armando no se ve con la nostalgia de lo que ya pasó sino de lo que nunca nadie ha hecho. Pudimos hablar dos minutos más y entonces le dije que el Real Madrid no tenía jugadores ni técnico y me justifiqué diciendo que el Milán, un equipo en su mayoría con veteranos, le jugó de tu a tu al Barcelona y luego nadie recordó la exigencia física que eso representaba; que el Athletic de Bilbao de Bielsa (ese señor, me dijo el taxista, ese señor está loco) con un puñado de héroes improvisados casi les gana hasta que Messi, como se le está volviendo costumbre, fue más que la suma que todos (eso tan imposible que alguien dijo alguna vez) y empujó para empatar ya en el final del partido. Entonces que ni el Madrid tiene grandes jugadores ni un buen técnico, y estaba en eso cuando habíamos llegado a dónde tenía que esperar y no me quería bajar, y el día tan bonito y el taxista que claro, que el respeto que le tenían a ese equipo era algo muy grande, que no podían quedar mal ante uno de los mejores de la historia, y que es muy fregado salir muertos de miedo esperando a que se pase el tiempo, que es como salir a trabajar en el taxi con la certeza, con una forma muy rara de esperanza, de que lo van a atracar. El tipo muy en su cuento, sabiendo que era afortunado de la época en que se vivía, de ese regalo tan bonito que se dio el día anterior, lejos del apasionamiento que no deja pensar ni reconocer la virtud ajena y apreciando lo que hay, dijo que ambos en medio de todo se portaron bien y así sí da gusto quedarse un rato quieto viendo televisión, lejos de donde todo está pasando, maravillado viendo lo que hacían con la pelota, que a la larga era lo único que importaba.

Luego de perdonarme el recargo dominical y dándome la mano me dijo que ojalá al santafesito le fuera bien. 

Sí, seguro, le dije con una venda en los ojos, al Santafesito le va a ir bien.

Nov
23rd
Wed
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Llamadas.

Entonces a un man de la oficina le saca la piedra llamar a Tigo porque no lo atienden bien. Que el plan de datos jode mucho, que por qué le descuentan tanta plata por unos minutos que no ha usado, que no le contestan en la línea de atención al cliente. Cosas así. A mi me llamaron de Movistar el otro día a preguntarme por la solicitud que hice la semana pasada, que si todo bien y esas cosas. Dije que sí y sentí un poco de orgullo, como si mi plata valiera más porque me atienden mejor y no tengo quejas. En eso le entra a su celular una llamada de la esposa. Él le dijo “sí, yo también te amo mucho” y se despidieron y colgaron. Hablaron treinta segundos, preguntas fundamentales y luego la declaración esa. Y ya. 

Me quedé sin con qué chicanear.

Nov
21st
Mon
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Almuerzo.

El tazón de metal. Caliente. Humeante la sopa. La cuchara que se sumerge con la acción casi mecánica del brazo, del codo, del hombro, la boca abriéndose para recibir el contenido. Dos mesas al norte un niño riega un jugo. Un televisor de otro lugar transmitiendo un partido. El penal desperdiciado de Messi. Alguna queja de alguien, las mesas que se van llenando. Al frente unos ojos que miraban a otro lugar, que buscaban un punto de referencia mientras contaban una historia, un pasado que siempre va a parecer excepcional. Los hombres que gustan a pesar de que son unos idiotas y la eventual y triste comprobación por parte de las mujeres de eso mismo. La ensalada al frente. La gaseosa al lado. Todo quieto mientras las tiras de pollo eran cortadas en pedazos más pequeños y la sopa de lentejas conservaba su calor. Las lentejas. Suaves, con pedazos de cebolla delgados, la piel de los granos que se encontraba sin relleno, la masa café que era acompañada de un pedazo de chicharrón. A lo mejor era una coincidencia, el chicharrón, producto del mal equilibrio de los meseros o una confusión momentánea de los cocineros. Una boca llena de lechuga, la pausa necesaria para continuar con el relato. El amor entra por los ojos, para ellas, por el estómago, para nosotros. Las generalizaciones de siempre que encuentran su soporte con la repetición de las historias. Con lo similares. Universales. Aburridas. Las promesas que se hacen a primera vista, el amor que no tiene tanto de merecimiento al no sufrirse. La lluvia que cae a lo lejos y se escucha muy cerca golpeando los vidrios con rabia, la tormenta que se despliega en todo sentido, la oscuridad, el frío, el miedo por los truenos que asustan más que los relámpagos, la gente que no se escucha, la bulla que se que va tragando todo, las ganas de salir corriendo con el pánico que se toma la calle, el caos controlado desde adentro de un edificio cualquiera, las nubes negras que van opacando la ciudad, el almuerzo que ahora es cena, el mundo que se derrumba, se acaba localmente, allá afuera, y la tensa calma, la mirada que embruja, la sonrisa que sale naturalmente, las ganas de reír pese a que es el final de las cosas, el chorizo que flota cansadamente en la sopa, el caramelo escondido al fondo de las verduras que se pega a los dientes, el frío que intimida, el agua que no termina de caer, que se acumula y sube de nivel, la tranquilidad que da un tercer piso, la lluvia que sigue embistiendo, las piernas que se buscan debajo de la mesa, las ganas de proteger al otro, las lentejas que nunca se terminan.

 

Nov
18th
Fri
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Vainas.

Ahorita vi a una que fue novia mía sentada en la entrada de Maloka. Estaba bien gorda, como yo, y la acompañaba un mechudo de esos metaleros que me imagino toman pastillas para que les crezca la manzana de adán. Todos esos son iguales, creo que se reconocen es por el olor. Hasta tienen el mismo tono de voz, a lo mejor eso es por la manzana de adán o la manzana de adán es por el tono de la voz, lo que explicaría muchas cosas. Bueno. Estaba ella gordita y amarilla y cachetona, con la cara igualita a una exhibición de almojábanas fumando y mirándome mientras yo me hacía el pendejo para no ser reconocido. A mi me dio pena, la verdad. Y luego rabia. Después de todo eso concluí que, pues:

1- Para que lo olviden a uno no se necesita una vida sino apenas un puñado de años, póngale unos cinco.
2- Yo sí tuve novias feas.
3- Antes de mi tuvo un novio de esos y parece que después también. En ella sigue todo igual aunque ahora ocupe más espacio en la tierra. A la final como que se metió conmigo porque yo era una excepción a su propia regla, lo que quiere decir que mi regla es ser la excepción de los demás.
4- Me da cagada que ella siga andando con metaleros, ellos no tienen la culpa.

Oct
12th
Wed
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45 gramos.

Eso dice en la caja. Conseguirlo no fue gran trabajo. Es más: compré dos por unos supuestos que sabía no se iban a concretar. Ambos de chocolate blanco, sin coco, empacados en un plástico gris dentro de esa caja azul con naranja, como muchos afiches de algunas películas de un tiempo para acá. Intenciones. De un día para otro esas intenciones querían ser algo más. El fin de semana, en el trayecto sutil que tienen las cosas cuando quieren pasar, algunos mensajes iban y venían sosteniéndose en esas promesas que se hicieran antes en medio de bobadas y ganas de llamar la atención. Se improvisaban encuentros que no se iban a dar, citas incompletas en medio de imprevistos que nadie se tomó la delicadeza de explicar. Y la verdad no importaba.

Desde la semana pasada guardo uno de los dos alfajores en mi mesa de noche esperando tontamente a que de motivo para un encuentro, ese que no se dio y que, creo, no va a pasar, no por el momento. Pero así estamos.

El otro fue el desayuno en medio de una rabia y un dolor en las piernas. La intención digerida con desilusión con cubierta de chocolate. Se salvó uno porque, pues, desde que lo compré ya sabía que no era para mi.

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