28th
Ciclos.
Me imagino que tengo las manos llenas de callos y ese tipo de cosas. La gente se va haciendo gruesa dependiendo de su trabajo, las manos se adaptan, la piel cambia. Mis manos, como decía, deben estar ya protegidas para algunos tipos de cosas. Los cortes. De tanto alzar cosas rotas que tienen bordes afilados. Las cosas rotas que se rompen en cosas más pequeñas. La ventana que rompen los niños de afuera con un balón o que se cae por alguna torpeza, el no poder mantener equilibrio. O resistirse a caer. Son cosas distintas. Las manos las tengo así. Es difícil que me saque sangre, que me hiera, ya que las tengo protegidas después de tanto tiempo. Pero no es solo eso.
Yo siento que voy a extrañar algunas cosas. Algunas personas. Gente que es linda o que tenía una sonrisa pura. O un culo grande. O una mirada profunda. O las cejas gruesas. O las gafas torcidas. Ese tipo de cosas. Los lugares. El pasar por allí. Saber como se sentía el tapete de cada área con mi peso. La cara que me hacía la rubia flaquísima de jurídica. Era linda. Ojos verdes, nariz respingada. Cabello castaño ondulado. Manos delicadas. Me miraba feo. Raro. Otras, pues, unas altas ya señoras me saludaban de buena manera y a veces intercambiabamos alguna palabra. No mucho: no supe sus nombres. Otras personas que seguro se dieron cuenta de mi presencia en el lugar, es decir, no les era indiferente.
El otro día uno de los mensajeros le tomó una foto a una mona que no sé bien qué hace. Estaba con Deyanira y ella se dio cuenta. Y se dio cuenta que yo me di cuenta. No me dijo nada, yo traté de hacer una sonrisa cómplice pero todo eso resultaba muy complicado, muchas fronteras en el aire que se podían sortear solamente con el cargo de uno. A la larga aun perteneciendo a la globalidad no pasa nada: estando en esa comunidad, pero fuera de otra más pequeña, no se es nadie.
Esta noche es doblemente triste porque no es tanto lo que se irá perdiendo de a pocos (la camaradería de los compañeros, esa compinchería y sus caras y sus nombres, amigos prestados) sino el dolor de saber que nada de eso se mantendrá firmemente fuera de ese lugar, de esa situación. Es la última semana del año y ya comienzan los cambios a darse, los ciclos que se mueren. Yo me veo recogiendo los pedazos de un espejo que se rompió hace tiempos pero al cual le seguían dando martillazos. Hoy me corté y me saqué sangre. El dolor se representa en gestos y lágrimas, en ojeras. Son horribles, ahorita. Parece que tengo los ojos hundidos en el fondo del cráneo, y los rodean unos ríos pequeños que se han ido alimentando de otros dolores más grandes, dos canales que fluyen continuamente y desesperadamente su recorrido al final de la cara, al mentón, al piso. Estaba alzando los pedacitos y, de repente, los volví a tirar, con rabia. A hacerlos trizas. A volver polvo lo poco que había, que no quede nada, que sea fácil de reemplazar. Pero nunca es fácil.
Solamente hoy me pude dar cuenta de una cantidad de cosas que nadie más supo. Hoy hice el inventario de todo lo roto y a la final no importó.
Espejo, mesa, silla y cama, un listado de cosas que creo tengo que conseguir, cada una representando algo importante y que ya no está. No sé por dónde empezar.