El día ese que me propuso publicar correos y eso yo estaba pensando en voz alta por acá y por allá con eso del suicidio pero no tanto por interés propio (que también puede ser) sino por otras cuestiones. Generalmente a uno cuando lo consume así un dolor muy áspero y contundente piensa en salidas y cosas que tienen que ver poco con la solución y más con la evasión, y creo que ese es el caso. Todo suicida tiene sus razones, me imagino, intratables, incurables o también ridículas. Hay unos que se han matado por amor, fíjese, pero no lo han hecho en soledad (ni acompañados en un ritual romántico) sino después de cegar a otra persona: el suicidio para evadir la condena por los actos de uno, la calma luego de una tempestad de la que uno no se quiere hacer responsable, o algo así.
Sobre eso, más que experiencias propias, que las hay (nada menos orgulloso que un suicida fracasado), recuerdo dos cosas sobre eso. Déjeme contárselas: la primera fue leyendo uno de los tantos libros que se escribieron sobre Andrés Caicedo, que no voy a discutir aquí, en donde el tipo hablaba de la pena que le daba con el señor que lo fuera a encontrar muerto en el cuarto que él arrendaba. Es algo chistoso pero no deja de ser dramático. Alguien siente un olor, o tiene que entrar a ese lugar por la razón que usted quiera, no tiene que ser buena, y encuentra a otra persona colgando o tirada en la cama o cuidadosamente puesta sobre un charco de sangre, como si se hubiera puesto allí a propósito y con el cuidado suficiente para no ir a dañar el decorado en el piso. Qué puede hacer el que encuentra eso. A quién notificar. Qué decir, justamente. Quién va a alzar el reguero.
Me acordé de Mad Men, pero no sé si lo ha visto, y si lo ha visto creo que entiende bien el drama de lo que puede suceder, la imagen que ya no es puro cálculo de uno sino la interpretación de los actores en la serie con la muerte de alguien más: el grito, el que se agarra la cabeza como sosteniendo algo insostenible, el que no sabe cómo reaccionar, quebrándose parado, derrumbándose desde los ojos hacía los pies, o el que actúa como si nada, todo un repertorio de reacciones que a la larga no se sabe cuál le va a tocar a uno.
La otra experiencia fue la del hermano de una jefe que tuve hace mucho tiempo, en el primer trabajo serio. El tipo estaba en sus veinte, mediados, era inteligente, con la piel clarita casi transparente y con gafas. Era mucho la imagen de alguien de estrato alto aquí en Bogotá, no sé si en Colombia eso sea igual, pero creo que usted puede armar el cuadro sin dificultad. Es como si los ricos evitaran cruzarse con otra “clase social” para mantenerse puros, o no tan viciados. Había visto al tipo dos o tres veces en la vida. Era alegre, el tío favorito del hijo de mi jefe (un niño llorón y maleducado, pero todos los hijos de esa gente son así), y al parecer no tenía ningún problema. Un día la secretaria me llamó mientras yo estaba en la calle, era un día entre semana y andaba haciendo fila en el ministerio de Relaciones Exteriores para legalizar unos documentos, y ella me contó que el hermano de la jefe se había matado con unas pepas. Al parecer somníferos, pero nunca supe el cuento bien. Mi reacción fue de asombro pero corrí a buscar El Espacio y otros periódicos para ver si decían algo. En esa época yo no sabía que cubrían las muertes por su extravagancia, así que no le creí porque no encontré nada al respecto.
La jefe casi no se recupera. El esposo estuvo ahí acompañando y el hijo jodiendo porque no podía hacer nada más, no sabía hacer nada más. Trabajé allí dos años más luego de ese incidente, y nadie volvió a mencionar al tipo. Esa es la herencia, ¿no? El dicho reza que el que se va descansa, y viendo más o menos lo que tienen que pasar los allegados hay algo de razón. Un suicidio en la familia, en un círculo cercano, es algo que deja una cicatriz imborrable. Póngale este man Caicedo, que se hizo famoso, o lo hicieron, más que nada por su muerte, que vivo era conocido pero luego fue santificado.
¿Será que mucha gente ha desistido de quitarse la vida por no sobrecargar a los que se quedan?
¿A usted alguna vez lo ha detenido eso?
Cuando sé de un caso me pongo a pensar en la desazón que debe sentir el que no pudo encontrar otra salida. El que, rindiéndose, deja un recuerdo imborrable en los seres queridos. Algunas veces la tragedia no supera lo que pasó antes y se recuerda a esa gente por lo que hizo, por su carácter y su personalidad, cuando más que estar vivo aparentaba estar sano. Parece ser que en el suicida nada habla de esa condición de desapego de la vida misma. Uno sabe que se va a morir el que se está muriendo, pero no se imagina, o no puede imaginar, que una persona cualquiera de buenas a primeras lo vaya a intentar. Al que se mata, cuando ya no está, le aparecen todos los síntomas de su condición, antes no.
Uno a veces, deprimido, hasta puede considerar esa opción sin pensar en cosas verdaderamente importantes que lo detengan. El dolor tiene su propio encanto y por lo general pudiendo uno superarlo lo que hace es volar en círculos cayendo pero no del todo, sino admirando el paisaje. En un remolino denso y dulce, como de arequipe. Como si uno fuera un adicto a eso.
El otro día iba ahí caminando, deprimido, pensando en una idea para un cuento, o algo así. Seguro la vi en algún lado, un libro, una película. La cosa es que un tipo va a comprar una soga para ahorcarse, ultimando los detalles para despedirse de este mundo, pensando qué decir en su carta de suicida. Va el tipo imaginándose escribiendo la carta, o las cartas, cuando se pasa un semáforo en rojo y lo coge un carro.
Pero de seguro eso ya ha pasado. Dios, como se sabe, es un poquito excéntrico.