11th
Viento.
El transmilenio. La estación. La gente se baja del bus, se sale como puede. A la hora en que lo hago no es un problema realmente, el inconveniente es poder llegar hasta la puerta y de ahí un poco la libertad. Luego de eso caminar. Al parecer uno es libre cuando camina, o da esa sensación, la movilidad así no sirva para llegar a ningún lado. Atravieso la estación, oprimo el botón que abre las puertas del costado sur y me tiro a la calle sin saltar, flexionando las piernas para no sentir el peso real de todo mi cuerpo al caer del desnivel de la estación al asfalto, poco más de metro y medio entre uno y otro. Ritual de todas las noches. La pereza del camino largo y sin novedades, lo atractivo del atajo lleno de peligros. No vienen carros, la noche oscura se anda comiendo todas las luces que existen y entonces paso la avenida sin prisa, sin querer queriendo, movido más por una extraña inercia que me deja cerca de algunas cosas que llevo esperando todo el día. Camino y paso por mi casa, pero no voy para allá. No. Es temprano, no mucho, pero a lo mejor la señora que lleva cortándome el pelo todo este tiempo, durante todos estos años, tenga abierto su local. No recuerdo cómo es su nombre. Carmenza, Hortencia. No sé, nunca se lo he preguntado. Me urge llegar, que me quite el mechero, el casco improvisado que tengo encima de canas y pelo que parece de paja, un pelo horrible, largo y que a ratos luce chamuscado, de espantapájaros ya sometido por el sol. Como de indigente, pero limpio. Hoy me dijeron que me visto como si no me importara el mundo, más o menos como si viajara sin rumbo y sin importarme nada. Es uno de esos casos en los que el sentir y la forma de vestir se fusionan y una cosa termina evidenciando la otra: la falta de ganas, de creatividad, el aburrimiento. También me dijeron, el otro día, que era un elemento de aire por ser acuariano. No entiendo a qué viene eso. Un elemento de aire que se interpretó como viento, una fuerza que empuja cosas o levanta, me dijo cierta persona. Me dicen cosas porque yo no termino de entenderlas, educándome todavía.
Paso por mi barrio con mi eterna maleta azul, los converse que no saben a estas alturas de la vida lo que es la más mínima muestra de aseo (o tal vez se olvidaron de eso, quién sabe); los pantalones caqui con bolsillos en los muslos y líneas verticales delgadas, negras, que son los más feos que tengo; una camiseta polo gris debajo de un saco café y un abrigo de paño color gris con vetas negras, todo de colores que son escalas casi del mismo tono oscuro y sin vida, un gran tachón en la calle que avanza a una velocidad respetable mientras en los audífonos suena alguna canción que voy tarareando con bastante inseguridad, pensando en que los trapos que llevo puestos representan un poco un sentir que no puedo definir y que tal si pudiera cambiar el exterior adentro pasaría algo; una tristeza que va viajando en cada pie con cada paso que doy hasta que, sin saber por qué, veo que una mujer viene despacio a una cuadra, con las manos en la cara y andando encorvada como si un dolor intenso no la dejara mantenerse recta, o asumir por lo menos la mirada a otro lugar que no fuera el piso. Me detengo. Ella continúa con su camino mientras me ignora, limpiando de su rostro sendas lágrimas con las manos, con la manga del saco rojo, con los codos cerca del cuerpo tal vez conservando un poco su dolor para no contagiarlo al mundo, haciendo el esfuerzo monumental de no derrumbarse. Sigo caminando, pero ella viene detrás. Paro, completamente. Ella se da cuenta de que la miro. Tiene el cabello crespo, castaño, un jean, tenis blancos y los ojos colorados por la fricción de la ropa al secarlos y también por la cantidad de líquido derramado, parece que llevara llorando toda la noche, o que hubiera vivido la cosa más horrible del mundo y que nunca podría sacársela de la cabeza. Me quito un audífono. Sigue caminando. Mis cosas, mis dudas y un poco las penas que tengo se van ocultando en lugares remotos y me preocupo por ella. La niña de rojo, porque no debe tener más de veintiún años con su tormenta íntima y yo con la mía menos evidente nos vamos acercando. Le pregunto si está bien. Trata de reincorporarse, pararse derecha, la respuesta dependiendo de lo poco que pueda reunir de ella misma en ese momento. Sí, me dice, con la fuerza que alcanza a encontrar sin ser mucha porque no es para nada convincente. Vuelvo a preguntar si le ha pasado algo, lo cual es una tontería porque evidentemente algo pasó, algo importante, horrible, impredecible. No, no señor, estoy bien. Me sorprendió eso de señor. Le propongo acompañarla, a lo que se niega con la cabeza, sin convicción, pero también sin resistencia: sabe que la sigo a una distancia prudente. No quiero que piense que voy a hacerle algo, con mi atuendo de indigente, mi peinado y aspecto de persona de poco fiar. A media cuadra llega a su casa, luego se vuelve a mirarme, ya más calmada y sin estar tan desecha como unos minutos antes. Gracias, me dice antes de irse, en medio de lo que pretende ser una sonrisa. Se va. Se fue. Siento algo raro, las cosas que estaba pensando todas diluidas y que seguro van a llegar más tarde en la noche, en la madrugada mientras tengo el escudo abajo, ya sin mi armadura, dispuesto a dormir. Pero eso, ahora, mientras espero que ella se encuentre mejor, la verdad no me importa.