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My Ass Boring Life.

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Dec
28th
Wed
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Ciclos.

Me imagino que tengo las manos llenas de callos y ese tipo de cosas. La gente se va haciendo gruesa dependiendo de su trabajo, las manos se adaptan, la piel cambia. Mis manos, como decía, deben estar ya protegidas para algunos tipos de cosas. Los cortes. De tanto alzar cosas rotas que tienen bordes afilados. Las cosas rotas que se rompen en cosas más pequeñas. La ventana que rompen los niños de afuera con un balón o que se cae por alguna torpeza, el no poder mantener equilibrio. O resistirse a caer. Son cosas distintas. Las manos las tengo así. Es difícil que me saque sangre, que me hiera, ya que las tengo protegidas después de tanto tiempo. Pero no es solo eso.

Yo siento que voy a extrañar algunas cosas. Algunas personas. Gente que es linda o que tenía una sonrisa pura. O un culo grande. O una mirada profunda. O las cejas gruesas. O las gafas torcidas. Ese tipo de cosas. Los lugares. El pasar por allí. Saber como se sentía el tapete de cada área con mi peso. La cara que me hacía la rubia flaquísima de jurídica. Era linda. Ojos verdes, nariz respingada. Cabello castaño ondulado. Manos delicadas. Me miraba feo. Raro. Otras, pues, unas altas ya señoras me saludaban de buena manera y a veces intercambiabamos alguna palabra. No mucho: no supe sus nombres. Otras personas que seguro se dieron cuenta de mi presencia en el lugar, es decir, no les era indiferente.

El otro día uno de los mensajeros le tomó una foto a una mona que no sé bien qué hace. Estaba con Deyanira y ella se dio cuenta. Y se dio cuenta que yo me di cuenta. No me dijo nada, yo traté de hacer una sonrisa cómplice pero todo eso resultaba muy complicado, muchas fronteras en el aire que se podían sortear solamente con el cargo de uno. A la larga aun perteneciendo a la globalidad no pasa nada: estando en esa comunidad, pero fuera de otra más pequeña, no se es nadie.

Esta noche es doblemente triste porque no es tanto lo que se irá perdiendo de a pocos (la camaradería de los compañeros, esa compinchería y sus caras y sus nombres, amigos prestados) sino el dolor de saber que nada de eso se mantendrá firmemente fuera de ese lugar, de esa situación. Es la última semana del año y ya comienzan los cambios a darse, los ciclos que se mueren. Yo me veo recogiendo los pedazos de un espejo que se rompió hace tiempos pero al cual le seguían dando martillazos. Hoy me corté y me saqué sangre. El dolor se representa en gestos y lágrimas, en ojeras. Son horribles, ahorita. Parece que tengo los ojos hundidos en el fondo del cráneo, y los rodean unos ríos pequeños que se han ido alimentando de otros dolores más grandes, dos canales que fluyen continuamente y desesperadamente su recorrido al final de la cara, al mentón, al piso. Estaba alzando los pedacitos y, de repente, los volví a tirar, con rabia. A hacerlos trizas. A volver polvo lo poco que había, que no quede nada, que sea fácil de reemplazar. Pero nunca es fácil.

Solamente hoy me pude dar cuenta de una cantidad de cosas que nadie más supo. Hoy hice el inventario de todo lo roto y a la final no importó.

Espejo, mesa, silla y cama, un listado de cosas que creo tengo que conseguir, cada una representando algo importante y que ya no está. No sé por dónde empezar.

Dec
13th
Tue
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Disonancia.

Hace años la tele me mostraba en esos programas navideños que Papá Noel tenía unos listados en donde anotaba con rigurosidad la manera como se comportaban los niños durante el año. A los buenos les daba regalos, a los malos un trozo de carbón. Era una analogía que yo veía pero no entendía por lo ajeno del asunto: ni Santa, Papá Noel o el niño dios existen. Eran tres figuras que recompensaban un buen comportamiento que a ciencia cierta no sé cómo medían. Nunca tuve miedo de no recibir nada, o tener un pedazo de carbón el 25 de diciembre porque, a pesar de no ser una persona ejemplar durante el año, entendí de mi madre que las personas se merecen cosas buenas porque sí, por eso tuve bajo el árbol en esa tradición que todavía se repite un regalo, así fuera uno solo, un juguete caro, bonito, feo, de mi gusto, un anhelo personal o simplemente unos zapatos, una camisa, algo, cualquier cosa, en un paquete con una tarjeta que tenía ahí escrito mi nombre.

No era cuestión de merecer, o eso me enseñaron.

Luego uno va aprendiendo otro tipo de cosas: que el karma es, digamos, ese balance cósmico que luego se las cobra a uno, lo que algunos llaman las vueltas que da la vida. Supuestamente ya no es Santa, Papá Noel o el Niño Dios el que anotaba quién era bueno o malo, sino que era un poco más comprensible: se llevaba registro de lo que se hacía, por cada cosa buena una recompensa, por cada cosa mala un castigo. Y eso es bien relativo, ¿no? Se necesitaba de alguien que pensara parecido a uno, que lo entendiera para saber que lo motivó a hacer una cosa o la otra. 

Es muy fregado hacer cosas malas porque sí. La mayor parte del día uno hace cosas sin pensar en la balanza celestial, en si se está ganando el cielo o el infierno, el juguete o el carbón. Ayudarle a este, escuchar a la otra, aconsejar al de allá, hacer reír con pendejadas a la de acá, de ese estilo. No es cuestión de merecer, dice uno, piensa uno, convencido de que es así, que las cosas pasan porque sí. Y entonces uno ve, digamos, en los noticieros imágenes desgarradoras de la gente  que pierde cosas en el invierno, y siente una simpatía que no dura mucho, apenas lo del reportaje, el testimonio visual, uno asociando un sentimiento a lo que le muestran para olvidarlo después. Uno no se detiene a pensar, digamos, en lo que puede pasar por la cabeza de esa gente. Imagino que es un lamento y un “¿qué hago ahora?” en la soledad esa de la tragedia que hace que el mínimo gesto sea digno de agradecimiento pero nunca lo suficientemente solidario.

Y digo todo esto desde una decepción más bien cómoda: llego de la oficina para encontrar mi cuarto, mi cama, toda mojada. Una gotera que se rebeló y se ensañó en un punto estratégico que ahora me va a arruinar la noche aún dentro del techo este de la casa. No hay una gran queja ni una maldición ni un qué hago al ver la tontería que es todo, apenas cosas un poco húmedas. Está el pensamiento ese inmediato que tiene uno con forma de lamento: ¿y yo qué hice?. Pues nada, uno no hace nada. Las cosas pasan. Y es eso o que dios es un tipo que solamente tiene una lista para todo y encima es bastante desordenado.

Dec
12th
Mon
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Cegueras.

Ayer el taxista me preguntó si había visto el partido Real Madrid contra Barcelona. La ruta que iba a cubrir no era tan larga como para hacer un análisis profundo ni tan corta como para quedarme callado, entonces le dije que sí, y que fue un partidazo. Compartimos algunas apreciaciones sobre Messi, ese genio que todo el mundo conoce, y la diferencia suya con Cristiano Ronaldo, el pobre muchacho que briega para darse a conocer diciendo cosas que escandalizan y hablando de sí mismo de esa manera tan molesta como el que madruga temprano a golpear la puerta un domingo para que le pongan cuidado a una verdad de la que nadie está realmente convencido.

El tipo no mostró preferencia por ningún equipo y se mostraba muy alegre por lo que había visto. Yo le dije que no recordaba como jugaba Maradona, y que sí era mejor que Messi debió ser algo sobrenatural. En eso el taxista se devolvió mirándome a mi, no por el retrovisor como hacen siempre, sino cara a cara. Me dijo que sí. Que Maradona era un monstruo. Que él jugaba todo lo que se dice, todo lo que cuentan: la leyenda de Diego Armando no se ve con la nostalgia de lo que ya pasó sino de lo que nunca nadie ha hecho. Pudimos hablar dos minutos más y entonces le dije que el Real Madrid no tenía jugadores ni técnico y me justifiqué diciendo que el Milán, un equipo en su mayoría con veteranos, le jugó de tu a tu al Barcelona y luego nadie recordó la exigencia física que eso representaba; que el Athletic de Bilbao de Bielsa (ese señor, me dijo el taxista, ese señor está loco) con un puñado de héroes improvisados casi les gana hasta que Messi, como se le está volviendo costumbre, fue más que la suma que todos (eso tan imposible que alguien dijo alguna vez) y empujó para empatar ya en el final del partido. Entonces que ni el Madrid tiene grandes jugadores ni un buen técnico, y estaba en eso cuando habíamos llegado a dónde tenía que esperar y no me quería bajar, y el día tan bonito y el taxista que claro, que el respeto que le tenían a ese equipo era algo muy grande, que no podían quedar mal ante uno de los mejores de la historia, y que es muy fregado salir muertos de miedo esperando a que se pase el tiempo, que es como salir a trabajar en el taxi con la certeza, con una forma muy rara de esperanza, de que lo van a atracar. El tipo muy en su cuento, sabiendo que era afortunado de la época en que se vivía, de ese regalo tan bonito que se dio el día anterior, lejos del apasionamiento que no deja pensar ni reconocer la virtud ajena y apreciando lo que hay, dijo que ambos en medio de todo se portaron bien y así sí da gusto quedarse un rato quieto viendo televisión, lejos de donde todo está pasando, maravillado viendo lo que hacían con la pelota, que a la larga era lo único que importaba.

Luego de perdonarme el recargo dominical y dándome la mano me dijo que ojalá al santafesito le fuera bien. 

Sí, seguro, le dije con una venda en los ojos, al Santafesito le va a ir bien.

Nov
23rd
Wed
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Llamadas.

Entonces a un man de la oficina le saca la piedra llamar a Tigo porque no lo atienden bien. Que el plan de datos jode mucho, que por qué le descuentan tanta plata por unos minutos que no ha usado, que no le contestan en la línea de atención al cliente. Cosas así. A mi me llamaron de Movistar el otro día a preguntarme por la solicitud que hice la semana pasada, que si todo bien y esas cosas. Dije que sí y sentí un poco de orgullo, como si mi plata valiera más porque me atienden mejor y no tengo quejas. En eso le entra a su celular una llamada de la esposa. Él le dijo “sí, yo también te amo mucho” y se despidieron y colgaron. Hablaron treinta segundos, preguntas fundamentales y luego la declaración esa. Y ya. 

Me quedé sin con qué chicanear.

Nov
21st
Mon
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Almuerzo.

El tazón de metal. Caliente. Humeante la sopa. La cuchara que se sumerge con la acción casi mecánica del brazo, del codo, del hombro, la boca abriéndose para recibir el contenido. Dos mesas al norte un niño riega un jugo. Un televisor de otro lugar transmitiendo un partido. El penal desperdiciado de Messi. Alguna queja de alguien, las mesas que se van llenando. Al frente unos ojos que miraban a otro lugar, que buscaban un punto de referencia mientras contaban una historia, un pasado que siempre va a parecer excepcional. Los hombres que gustan a pesar de que son unos idiotas y la eventual y triste comprobación por parte de las mujeres de eso mismo. La ensalada al frente. La gaseosa al lado. Todo quieto mientras las tiras de pollo eran cortadas en pedazos más pequeños y la sopa de lentejas conservaba su calor. Las lentejas. Suaves, con pedazos de cebolla delgados, la piel de los granos que se encontraba sin relleno, la masa café que era acompañada de un pedazo de chicharrón. A lo mejor era una coincidencia, el chicharrón, producto del mal equilibrio de los meseros o una confusión momentánea de los cocineros. Una boca llena de lechuga, la pausa necesaria para continuar con el relato. El amor entra por los ojos, para ellas, por el estómago, para nosotros. Las generalizaciones de siempre que encuentran su soporte con la repetición de las historias. Con lo similares. Universales. Aburridas. Las promesas que se hacen a primera vista, el amor que no tiene tanto de merecimiento al no sufrirse. La lluvia que cae a lo lejos y se escucha muy cerca golpeando los vidrios con rabia, la tormenta que se despliega en todo sentido, la oscuridad, el frío, el miedo por los truenos que asustan más que los relámpagos, la gente que no se escucha, la bulla que se que va tragando todo, las ganas de salir corriendo con el pánico que se toma la calle, el caos controlado desde adentro de un edificio cualquiera, las nubes negras que van opacando la ciudad, el almuerzo que ahora es cena, el mundo que se derrumba, se acaba localmente, allá afuera, y la tensa calma, la mirada que embruja, la sonrisa que sale naturalmente, las ganas de reír pese a que es el final de las cosas, el chorizo que flota cansadamente en la sopa, el caramelo escondido al fondo de las verduras que se pega a los dientes, el frío que intimida, el agua que no termina de caer, que se acumula y sube de nivel, la tranquilidad que da un tercer piso, la lluvia que sigue embistiendo, las piernas que se buscan debajo de la mesa, las ganas de proteger al otro, las lentejas que nunca se terminan.

 

Nov
18th
Fri
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Vainas.

Ahorita vi a una que fue novia mía sentada en la entrada de Maloka. Estaba bien gorda, como yo, y la acompañaba un mechudo de esos metaleros que me imagino toman pastillas para que les crezca la manzana de adán. Todos esos son iguales, creo que se reconocen es por el olor. Hasta tienen el mismo tono de voz, a lo mejor eso es por la manzana de adán o la manzana de adán es por el tono de la voz, lo que explicaría muchas cosas. Bueno. Estaba ella gordita y amarilla y cachetona, con la cara igualita a una exhibición de almojábanas fumando y mirándome mientras yo me hacía el pendejo para no ser reconocido. A mi me dio pena, la verdad. Y luego rabia. Después de todo eso concluí que, pues:

1- Para que lo olviden a uno no se necesita una vida sino apenas un puñado de años, póngale unos cinco.
2- Yo sí tuve novias feas.
3- Antes de mi tuvo un novio de esos y parece que después también. En ella sigue todo igual aunque ahora ocupe más espacio en la tierra. A la final como que se metió conmigo porque yo era una excepción a su propia regla, lo que quiere decir que mi regla es ser la excepción de los demás.
4- Me da cagada que ella siga andando con metaleros, ellos no tienen la culpa.

Oct
12th
Wed
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45 gramos.

Eso dice en la caja. Conseguirlo no fue gran trabajo. Es más: compré dos por unos supuestos que sabía no se iban a concretar. Ambos de chocolate blanco, sin coco, empacados en un plástico gris dentro de esa caja azul con naranja, como muchos afiches de algunas películas de un tiempo para acá. Intenciones. De un día para otro esas intenciones querían ser algo más. El fin de semana, en el trayecto sutil que tienen las cosas cuando quieren pasar, algunos mensajes iban y venían sosteniéndose en esas promesas que se hicieran antes en medio de bobadas y ganas de llamar la atención. Se improvisaban encuentros que no se iban a dar, citas incompletas en medio de imprevistos que nadie se tomó la delicadeza de explicar. Y la verdad no importaba.

Desde la semana pasada guardo uno de los dos alfajores en mi mesa de noche esperando tontamente a que de motivo para un encuentro, ese que no se dio y que, creo, no va a pasar, no por el momento. Pero así estamos.

El otro fue el desayuno en medio de una rabia y un dolor en las piernas. La intención digerida con desilusión con cubierta de chocolate. Se salvó uno porque, pues, desde que lo compré ya sabía que no era para mi.

Sep
28th
Wed
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Ritos.

Abrir los ojos, estirar el brazo. Aguantar la bulla que hay en los cuartos próximos. Saludar al perro, recibir su pata en la palma de la mano, querer dormir un poco más y recordar los mil problemas que vienen desde el día anterior para poder llegar a asumir este con una continuidad que cese de alguna manera esa levadura que se están convirtiendo las cosas. Suspirar. Buscar las chancletas con los pies, tocar puertas por doquier, asegurarse que la gente sigue ahí y luego arrearlas para que todo siga, hacer algo. Darse cuenta que se es el motor del mundo.

*

Llegar temprano. Dejar el bolso sobre el escritorio, sentarse. Tomarse el pelo, abrir los ojos. Revisar el pequeño cactus que hace compañía fiel al monitor. Alzarlo, tenerlo en las manos y mirarlo desde todos los ángulos posibles, memorizarlo de a poco y comprobar que nada ha cambiado. Dejarlo en su sitio. Colgar la chaqueta en el respaldo de la silla, prender el computador, abrir el folder que se tiene frente al teclado.

*

Prender la estufa, en la sartén calentar aceite. Buscar un huevo. Quebrar un poco el cascarón, echar con cuidado lo de adentro sobre la peligrosidad amarilla para no quemarse, dejar que el olor sature la cocina, tapar la sartén, servir jugo, gaseosa, tinto, el líquido que se tenga a la mano, revisar la caja de cereales, buscar platos para dejarlos ahí y agregarles leche. Notar que no se lo comen todo, que lo dejan a la mitad. Ver el reloj, saber que se hace tarde.

*

Recibir un beso peludo en la nariz, un ronroneo de un motor improbable. Estirarse acostado, no querer abrir los ojos pero hacerlo por ese instinto que no se puede negar. Caminar pocos pasos hasta el baño, con el gato siguiendo sigiloso. Ver como se queda mirando inexpresivo la manera en que se usa el inodoro, pensar que sería mejor una caja de arena. Sentir sus patas delicadas y calientes en la piel, dejar que duerma dos minutos en el regazo. Acompañar con la respiración. Decirle cuanto lo quiere. Hacerle promesas.

*

El celular en la mano, observarlo fijamente hasta que cobre vida. Dejarlo sobre algo, casi en el olvido. Cerrar los ojos, sacudirse. Las cobijas afuera, silencio en el castillo, bulla en la avenida. Dolor en el pie, soportable. La puerta entre abierta. Ir al baño. Bañarse, pensar bajo el agua, en la ducha. Secarse. Vestirse con cosas que no tienen nada en común, el desorden que da la pereza. Bajar, tomar algo de afán. Ver el lavaplatos, la loza sucia en perfecto equilibrio. 

Sep
6th
Tue
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Lunes.

Horas antes Marisol ocupaba su trinchera sin dudar brillando con el carisma que la llevó allí. Su rostro redondo y algo gordo con la boca pequeña y gruesa saludaban las veces necesarias a todas las personas que pasan por la recepción. Sabe sus nombres, saluda cordialmente, como si fueran desconocidos y no la hubieran decepcionado de alguna manera todavía, olvidando un poco las manías de cada uno. Muy pocos la habían felicitado por su cumpleaños, así fuera a regañadientes. Sonrió menos veces de las que esperaba cuando se levantó esa mañana pero seguía optimista porque el día iba por la mitad, aunque solamente los más cercanos (los guardas, ex compañeros suyos, y todo el personal de servicios generales) le habían dado abrazos en medio de las miradas incomprensivas de gente con traje y corbatas que no le importaba lo que pasaba. Era, a pesar de los desplantes, su momento y nadie se lo iba a quitar.

Marisol genera envidias. Comenzó siendo celadora y ahora es recepcionista a punta de sonrisas, de buen ánimo y cordialidad. Su falta de títulos y también de experiencia impiden que pueda saltar más alto, o siquiera atreverse a aspirar por un cargo mejor. A veces, cuando le dice doctor al que entra, al que sale, lo hace no con falsa modestia ni otorgándole cualidades a quienes no lo merecen por caer bien, sino por si misma. Se ve atravesando la puerta de vidrio saludando a sus compañeros, amando lo que hace, que no sabe definir bien qué es, y recibiendo bendiciones de todo el mundo. Se imagina su cumpleaños siendo otra persona, ganando notoriedad no por ser ella misma sino por el entorno. Recuerda los cubículos llenos de globos y serpentinas que muchos decoran para los festejados al tiempo que su escritorio luce sobrio ese color madera con encajes cuadrados al frente que se asemeja a bloques de lego ubicados verticalmente, parados en dos patas, imagina con la voz de su madre.

Hacia el medio día la jefe trae una torta casi de contrabando que nadie sabe cómo llegó allí. Llama la atención del área, una reunión con doce personas que todos los demás del piso ignoran. Marisol está cumpliendo años. Hay torta. Una vela. Decidí celebrarle, al ver que nadie se ha dado cuenta. La torta tiene este valor, apoyen con lo que puedan. Suspiro y desgano general. Trato de dar la cuota del 10%, pero luego lo doblo al ver la poca participación. El plan. La excusa para llevarla a la cafetería sin que se de cuenta. Todos a sus lugares y las quejas de siempre: pero ella no trabaja con nosotros, me cae mal, es respondona, es grosera porque no me hizo un favor un martes del octavo mes del año pasado, todos con excusas anotadas perfectamente en la cabeza, escondidas, alimentadas y ahora justificadas con malos gestos y malas palabras. Yo me sorprendo, no tanto por la miseria humana sino por el corazón de mi jefe. La admiro mucho.

Pasa el tiempo establecido. A dos minutos de que Marisol entre a la cafetería para sorprenderla la gente trata de amotinarse, no se comporta: muestran su inconformidad manifestando que esperan mucho más para ellos. Aparece entonces, se tapa la cara, sorprendida, mientras cantamos el feliz cumpleaños con una actitud diferente, improvisada, inventada, distinta a la de cada corazón o simplemente reflejándolo. Se inundan sus ojos. Todos nos paramos y la felicitamos con un beso en la mejilla, unos más secos que otros, tres acompañados de un abrazo largo y cálido. Marisol que no entiende el por qué, la gente que se quiere ir. Se llena de emoción tanto que hace espacio derramando lágrimas en su rostro. Las felicitaciones que le alimentan el alma, todas más grandes dentro suyo que cuando las dijimos, palabras que salen vacías pero que encuentran su sentido al llegar.

Aug
18th
Thu
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Inventario.

 Viviana venía maquillándose en el bus la otra vez, justamente cuando me subí. La reconocí de inmediato. Desde entonces medio me evita y trata de actuar como si no hubiera sucedido, como si en verdad la hubiera visto desnuda, lo que no sucedió pero a veces me dan ganas que ese comportamiento, el juego que tenemos se debiera a eso mismo. Con cada día que pasa se pone mejor. Tiene un caminado coqueto, hace muchas caras para divertir a todo el mundo y su mirada es intensa. La adornan dos cejas anchas. Es alta. Es grande. Es sexy. Subió de peso, se le nota feliz.

 A Dorita le decimos así no por lo querida sino por su estatura. Le regalamos las dos letras de más para que en algo no se quede corta. Es muy cordial. Sabe el nombre de todos, y cuando no lo recuerda se sonroja de la vergüenza. Usa brackets, le brillan la mayor parte de la jornada. Los viernes se pone una boina. Hace unas semanas estaba brava y frunció el ceño de una manera que todavía recuerdo. Esa noche le tocó trabajar hasta las nueve. Era un viernes.

 Sandra se la pasa de arriba abajo, literalmente. Vive entre dos mundos: el cuarto y el tercer piso. Es bajita, de igual estatura que Mónica aunque ella, con lo flaca, se ve aun más chiquita. Es narizona, y su rabo es bien grande, generoso. Al lado del ojo derecho tiene un lunar que le incomoda así no lo pueda ver. Hace mala cara. El otro día hablamos, se rió de dos bobadas que dije, o se me salieron. Hoy compartimos el ascensor. No me respondió el saludo.

 Al lado de la cafetería se sienta una mona líndisima con cara de muñeca que todo el mundo morbosea porque es alta, tiene curvas muy delicadas y sus ojos son verdes. Se podría considerar como una pareja perfecta si le preguntan a la mayoría de hombres en esta oficina. Yo siempre busco su rostro cuando paso por ahí, sigo pensando que una mujer tan linda tiene que querer bonito, suposiciones pendejas de uno; que debe ser una muñeca con una sonrisa que vale oro. Tal vez sea así. Ayer pasé y se estaba hurgando la nariz, sacándose un moco. Lo hizo bolita con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, sus ojos claros perdidos en ese acto, luego improvisando una catapulta lo tiró lejos para batir una marca imaginaria. Es una mujer hermosa que sucede se saca los mocos.

 Deyanira lleva dos días sin venir.

Aug
15th
Mon
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Testigos.

Cuando era niño y montaba en los camiones de mi abuelo y de mi tío generalmente me enseñaban una o dos cosas sobre conducción. Qué botones y perillas encendían cada cosa. Cuándo se debe avisar para girar a un lado. El deber de informar cuando la carretera está libre al viajante de atrás, que siempre va con prisa (siempre los que vamos detrás de los camiones, de las tractomulas somos todos impacientes), cuando se debe o no adelantar. Códigos que nadie sabe a ciencia cierta quién o cuando se inventaron, mensajes cifrados tan antiguos como la existencia misma o creados con el olor de la gasolina, una hermandad que se comunicaba con señales luminosas para entenderse perfectamente, sin necesidad de voces o palabras. El sonido de agradecimiento era el de la bocina del que adelanta, un tono común y ordinario para informarle a ese ser caritativo que mostraba solamente una sonrisa y la vía libre su admiración y respeto por el favor no pedido.

En la cabina, a lo alto, vigilando la carretera nos encontrabamos a oscuras. Solo podíamos ver lo que estaba frente al capó pero no nuestro entorno inmediato, como globos oculares vivientes del coloso metálico que atravesaba el vacío transportando cajas con materia prima buscando desesperadamente un destino. Eramos el sistema nervioso de cada camión, negando nuestra individualidad para un bien mucho mayor, sin el menor reparo en querer interiorizar en nuestra humanidad, un momento de perfección en el cual interprete e instrumento son uno mismo. En esa soledad oscura que es el interior de esos titanes iluminaban tímidamente apenas unas luces de colores en el tablero: naranja para las direccionales, blanca para las luces, roja para el freno de mano. Indicadores pequeños y modestos para todo lo que significaban. “Testigos” fue lo que respondió mi abuelo al preguntar el nombre de esos pequeñas ráfagas que batallaban incansablemente contra las tinieblas.

Por la noche, cuando me dispongo a dormir en mi habitación hay bastantes de esas luces brillantes. Bombillas verdes, rojas, unas amarillas y desde hace unos días una naranja. Parpadea cada dos segundos, emulando las direccionales de antaño. Se trata del teléfono. Él jura que tiene un mensaje de voz que nadie ha escuchado. Ayer revisé pero resulta que no existe tal cosa, solamente el aparato en un llamado de atención queriendose comunicar con los otros electrodomesticos a diario tal vez en una clave que nadie ha descubierto.

Trato de dormir pero insiste en alertar sobre su mensaje imaginario junto a esas luces de otros colores, todo en silencio y yo sin copiloto. Todos esos indicadores de cosas sin importancia queriendo decir algo. Todos testigos de mi viaje hacia ningún lado.

Aug
10th
Wed
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Accidentes.

En el nuevo edificio la cafetería queda en el tercer piso. Es todo lo que se puede pedir: amplia, con sillas cómodas, y dos grandes ventanas con una vista casi envidiable. Una da al occidente, siendo el sector más aburrido. La otra apunta al sur. Se puede ver un conjunto residencial, una calle principal y a veces el centro comercial. El edificio de en frente tiene siete pisos, todos apartamentos. En el sexto se para una señora a medio día para vernos, como si fueramos una exhibición. A veces almuerza al tiempo con nosotros o habla por celular sin quitarnos la mirada. Creo que nos describe a otra persona, que espera esa hora para estimular la actividad cerebral o sus habilidades comunicativas, algo así. No entiendo que quiere de nosotros, pero de todas maneras parezco ser el único que se da cuenta de su presencia en la distancia. Hoy estuvo parada con una mano en la ventana y la otra en el celular. Creo que debe tener cincuenta años ya, y vive sola. O vive esperando. Yo también vivo esperando, pero no siempre estoy solo. Comparto mi cubículo, el ascensor y ahora la mesa de la cafetería. No hablo con mucha gente y trato de sentarme lejos de quien conozco. Muchas veces digo cosas que no debo, o las digo de la peor manera. Soy grosero sin quererlo, como muchos. Supongo que ella no sabe que lo es al espiarnos tan descaradamente.

En el ascensor esta mañana me topé con alguien muy de frente y la pude saludar de la manera más fría posible. Ella respondió igual. Se abre la puerta metálica de la bestia esa que me iba a llevar al cuarto piso, la misma que la traía de la recepción, una casualidad apenas breve, un accidente horizontal que terminó sin haber empezado. El primer encuentro hablado de tal vez muchos. Apenas la veo y me saluda con su acento formal, el que toma otra connotación conmigo. La he escuchado muchas veces pero nunca así, hablando para mostrarse distante, con la incomodidad al decir “buenos días” porque sale siempre por puros modales y no siendo de verdad una intención. Hoy la verdad no ha sido particularmente un día bueno, muy diferente a lo que pudo ser su predicción si ella tan solo lo hubiera deseado. Me gustaron sus ojos pero no tanto su altura. Es delgada. Es frágil. Transita por todo lado con una cierta elegancia, cortando el aire con su figura, trazando movimientos circulares en las áreas que dan para trazos rectos, ocupando lugares comunes sacándolos de contexto. Jamás la había tenido tan cerca. Es hermosa. Podría idealizarla.

En el cubículo digo muchas bobadas cada que abro la boca, costumbre de siempre y eterna maldición. A veces los de al lado se ríen sin querer, otras lo hacen porque quiero. Mi vecina de la esquina, que me mira siempre disimuladamente cuando me quito los audífonos, sonríe sin mostrarlo. Yo a veces me quedo observándola, esperando que no diga nada pero que corresponda con el gesto. A lo mejor nunca lo hará, pero igual yo espero.

Aug
8th
Mon
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Empanadas.

Aparte de un local llamado Embulak en la dieciséis con cincuenta y seis las mejores empanadas que comí eran de un local que quedaba bajando por la sesenta desde La Salle de chapinero. No tenía nombre y no lo necesitaba. En algún punto la gente simplemente entraba y pedía cosas, hasta fotocopias. Yo a ratos la esperaba allá o nos encontrabamos ahí, muchas veces yo gastaba pero usted comía más, solo que los kilos se me notaban a mi. Las salsas eran ricas, el piso limpio y el lugar muy pequeño. A nosotros nos gustaban así, ¿no? Pequeños. Siempre por la sesenta hacíamos esos recorridos hasta la caracas, pasando por el CAI ese donde nos espantaron unos skinheads que a usted le daban risa. Esa vez corrimos y yo luego conté eso en algún lado y un tipo me regañó, que eso era lo más cercano a vivir que yo había experimentado porque me la pasaba salvando al mundo desde un control, que debía salir a la calle, ir al estadio y luego rogar porque los del otro equipo no lo mataran y hacer de las piernas un vehículo poderoso que lo salvara a uno de su extinción, y yo no entiendo, yo nunca entendí. A la gente no le gusta lo que los demás hacen, creo, siempre mirando por encima del hombro.

La sesenta sigue igual entre la séptima y la trece, no hay mucha novedad. Tal vez esa licorera donde pedíamos cosas la cerraron y ahora hay un Bancolombia, y la terraza esa en la que Maritza se volvía loca sigue ahí. Los estudiantes no cambian mucho, siguen siendo igual de estúpidos pero se visten distinto. Usted se vestía de sastre por el trabajo, pero yo amaba sus jeans. El culo firme, los muslos apretados, todo lo que su ropa antojaba era mejor en vivo. Todavía me acuerdo de ese pantalón gris que rompimos en uno de esos ataques en un salón desocupado. La universidad sigue ahí, y seguirá ahí. Es algo que no va a cambiar, pese al cemento y unas remodelaciones. Entré y pensé que iba a sentir más cosas, pero no. Es un lugar vacío que representa muy poco, si acaso todavía existen los escondites esos que nos gustaban y la biblioteca donde usted se moría cuando le hacía cosquillas. Pero es que eso es tan lejano, como si no existiera.

Por la octava siguen los bares con pocos cambios, la otra vez entré en ese de los cojines y la muchacha se acordó de mi, yo no sé por qué. Pedí una malteada y ella una cerveza. No pasó mucho ahí, era yo tratando de sentir en el ambiente rastros de algo que estaba lejos por los centenares de días que habían pasado ya. El otro bar, el de la pura esquina, ese sigue igual. Dos plasmas, si acaso. Atienden jóvenes. Siempre atienden jóvenes, para que el lugar se llene de gente, imagino. El bar de reggae sigue también en el mismo lugar, pero yo no me doy maña de entrar. Pusieron otros dos, pasan esa música rock que siempre se escucha, los vídeos que sacan de youtube de grupos que ya no existen porque son canciones que todos nos sabemos. Stairway to heaven ya no suena, de esa si ya nadie se acuerda.

El bosque ese a la salida de la universidad lo quitaron. Dejaron unos cuantos árboles. Ya no hay matorrales ni rejas ni muros, ya no se puede esconder uno ahí para sorprender a nadie y tampoco se puede amar tranquilo porque todos se darían cuenta. Me gustaría pensar que fuimos los únicos pero eso sería ser algo inocente, y la inocencia mía quedó atrás con muchas cosas, entre esas usted. Ahí muchos tiramos, me imagino que usted lo hizo no solo conmigo, pero no la culpo, supongo que para eso era y yo no supe aprovechar. Al lado del parqueadero siguen vendiendo cigarrillos y dulces, pero no recuerdo si es la misma persona. Es que ha pasado tanto tiempo.

El local de las comidas rápidas sí está muy triste. No lo han cambiado. Las baldosas están vueltas nada. ¿Se acuerda cuando le escribí en la sala de sistemas algo de las baldosas? Que cabíamos los dos en una si nos apretábamos lo suficiente, usted se reía pero yo era el de la razón. Una vez terminamos eso en otro lugar, detrás de esos anuncios de neón que tienen esos lugares que la gente condena tanto.

Siguen sacando fotocopias ahí mismo. La luz es más amarilla de lo que pensaba. las empanadas no son tan buenas, ni las salsas. La otra vez me comí una igual en el centro. Supongo que ya no hay nada que las haga especiales.

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