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My Ass Boring Life.

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Feb
28th
Tue
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Notas de campo.

ME dijeron que fuera en ayunas. Eso hice. Me dijeron que a las seis de la mañana, pero no pude cumplir. Yo no soy exacto con esas cosas. Unos minutos luego de la hora señalada, siempre. A veces me gusta dar de más, pero en cuestión de puntualidad eso es una grosería. Uno no es generoso, para nada. Y es entendible. Es hacerle perder tiempo al otro, minutos que podrían estar desperdiciando en algo mucho menos útil que esperarme, pero que se nota que son perdidos por la huella que van dejando, cada vez más amarga. No me gusta hacer esperar pero llegar tarde es marca de la casa, a veces una cosa inexplicable. Llego en ayunas con el dolor del alma, porque es muy malo eso de aguantar hambre, y uno no está acostumbrado. ¿cómo harán algunos? yo no puedo. Yo no puedo, entre muchas otras cosas, aguantar tanto. Pero estoy ahí, haciendo la fila con otras personas que están en la misma espera y también llegando cuando no es. Confío en que mi retraso se puede disfrazar con alguna excusa romántica. Ah, eso. Hay otros tipos de romanticismo. Por ejemplo un regalo. Un cuaderno regalado con una anotación en la primera página. Es una advertencia, un lineamiento. Lo leo seguido para sentir esa emoción de cuando me lo dieron, pero también con algo de miedo para no ir a defraudar lo que dice ahí, lo que está escrito. A veces las cosas se lo quedan mirándolo a uno ¿no? siento que me va tanteando desde la primera página y no acierto a hacer mucho más. Esperar. Esperar. Le piden a uno que se suba la manga del saco o de la camisa. Yo tengo un buzo y una camiseta debajo, la enfermera me pregunta que cuál mano uso más, le digo que la derecha con ese fastidio que da ser ordinario hasta para eso, no destacar por usar la mano que mucha gente cree que es torpe. Digo que la derecha, entonces me revisa el brazo izquierdo y da con la vena. Que soy muy blanco, se ríe. Luego me da golpecitos con el dedo y cambia de opinión, que mejor el otro brazo. Yo obedezco. Yo muchas veces obedezco porque es fácil, o por costumbre. Voy pensando cosas mientras me limpia con alcohol luego de sacar del empaque la jeringa. Siento como me corta la piel, ese agujero pequeño. Veo como sale mi sangre. Son cuatro centímetros cúbicos que no voy a echar de menos. Yo me veo la sangre todos los días. A veces me muerdo los dedos tratando de comerme las uñas y sangran porque a veces quiero eso, no paro hasta ver esa señal de haber llegado muy lejos. A veces la sangre me sabe a cosas, pero a nada bueno. Es espesa, y oscura. Siempre me imaginé que la sangre era toda del mismo color pero veo como la enfermera llena dos tubos de ensayo con ella y los tapa y los marca y los pone junto con otras “muestras”. Sí, dizque “muestras”. Eso mío ahí en un vidrio y marcado, algo que estaba dentro de mí y que ahora reposa con la de otra gente. La miro a los ojos en lo que ella agita uno de los tubos y veo como mancha todo por dentro. Es realmente oscura, mi sangre. Es definitivamente muy espesa. Ella me mira desaprobando la muestra, eso que me sacó. Ahora me juzga por eso. Es decir, estando allí sentado con mis kilos de más le da por culpar ahora a mi sangre. Me pone un algodón y llama a otra persona. Mientras hace lo mismo con ella, menos la parte de juzgar claro está, se me acerca y me pone una curita de esas redondas. Ya no me veo la herida pero se me va poniendo algo negra la piel. Solo un poco. Salgo de allí y tengo hambre, quiero comer. Quiero dormir. Me acuerdo de la vez que estuve en el taller y le cambiaron las pastillas de los frenos al carro. Es un Renault 9, y jode a veces pero nunca deja botado a nadie. Lo subieron a unas plataformas y le abrieron el capó. Luego le quitaron las cuatro llantas y lo fueron desarmando desde ahí para mostrarme todo lo que estaba mal, que estaba todo gastado. Yo me hice el que miraba pero no podía dejar de sentirme triste por ver el carro algo vulnerable, sin que en ese momento pudiera llegar a cumplir la función por la que había sido fabricado. Ahí estaba, colgando, perdiendo su propósito. A su lado un Clio se veía más poderoso, en el otro un Spark de los ya viejos que esperaba a su dueño, ambos tan pequeños. Sin llantas lucían graciosos, pero mi Renault no. Recordé a mi abuelo y sus clases de mecánica espontánea que consistía en mostrarme las partes del motor y enseñarme el procedimiento para prender su carro, el de siempre, el de toda la vida: un Buick Century del 56. Meta la llave, luego pise el acelerador dos veces, dos, no tres ni una, dos, dele arranque. El carro le prendía siempre, pero a nosotros no. Era una confianza que se tenían ellos. Pensaba, cuando niño, que esas cosas solo les pasan a los viejos. Me acordé de eso mientras le cambiaban las pastillas de los frenos y yo trataba de leer un libro. Los mecánicos pasaban por ahí incómodos, como si los quisiera hacer sentir mal por el hecho de estar haciendo algo que ellos tal vez no hacen. No es eso. Me aburro. Luego de un rato se hicieron en la butaca de mi izquierda y empezaron a hablar de fútbol, ahí fuimos iguales. La democratización sinsentido, ellos repitiendo esquemas y formaciones y yo sin saber qué partido nos estábamos perdiendo. A mi abuelo le escuchaba con algo de desidia pero lo extraño, trato de imaginar que diría viendo así el carro y en plena conversación de fútbol. Él no era hincha de nada, no lo recuerdo. Le daría duro ver casi que desarmado al Renault, supongo. Era un tipo cariñoso. Era cariñoso y se murió y vendieron el Buick y ahora estoy yo en el taller esperando a que acaben, comparando el Renault con sus vecinos pensando que a lo mejor los dinosaurios antes que cualquier desastre se murieron fue de aburrimiento. Son las cuatro y nada que acaban. Es otro sábado perdido.

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